08 junio 2016

¿Qué significa romper el séptimo sello ?


Cuándo se abra el séptimo sello, la ira de Dios vendrá sobre la tierra. 


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Será en el día de la batalla profetizado en la Escritura. Satanás será desatado por un poco de tiempo, y causará daño y muerte. Apoc.20 



Cuando él abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora. Y vi a los siete ángeles que estaban delante de Dios, y les fueron dadas siete trompetas. 

Los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas. 

El primero tocó la trompeta. Y se produjo granizo y fuego mezclados con sangre, y fueron arrojados sobre la tierra. Y la tercera parte de la tierra fue quemada, y la tercera parte de los árboles fue quemada, y toda la hierba verde fue quemada. 

El segundo ángel tocó la trompeta. Y algo como un gran monte ardiendo con fuego fue lanzado al mar. Y la tercera parte del mar se convirtió en sangre; y murió la tercera parte de las criaturas vivientes que estaban en el mar, y la tercera parte de los barcos fue destruida. 

El tercer ángel tocó la trompeta. Y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha; y cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de agua. 11 El nombre de la estrella es Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y muchos hombres murieron por las aguas, porque fueron hechas amargas. 

El cuarto ángel tocó la trompeta. Y fue herida la tercera parte del sol, la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas, de manera que se oscureció la tercera parte de ellos, y no alumbraba el día durante una tercera parte, y también la noche de la misma manera. 

El quinto ángel tocó la trompeta. Y vi que una estrella había caído del cielo a la tierra, y le fue dada la llave del pozo del abismo. Y abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo como el humo de un gran horno; y fue oscurecido el sol y también el aire por el humo del pozo. Y del humo salieron langostas sobre la tierra, y les fue dado poder como tienen poder los escorpiones de la tierra. Y se les dijo que no hiciesen daño a la hierba de la tierra ni a ninguna cosa verde, ni a ningún árbol, sino solamente a los hombres que no tienen el sello de Dios en sus frentes. Se les mandó que no los matasen, sino que fuesen atormentados por cinco meses. Su tormento era como el tormento del escorpión cuando pica al hombre. 

En aquellos días los hombres buscarán la muerte, pero de ninguna manera la hallarán. Anhelarán morir, y la muerte huirá de ellos. 

Tienen sobre sí un rey, el ángel del abismo, cuyo nombre en hebreo es Abadón, y en griego tiene por nombre Apolión. 

El sexto ángel tocó la trompeta. Y oí una voz que salía de los cuatro cuernos del altar de oro que estaba delante de Dios, diciendo al sexto ángel que tenía la trompeta: "Desata a los cuatro ángeles que han estado atados junto al gran río Eufrates." 
Fueron desatados los cuatro ángeles que habían estado preparados para la hora y día y mes y año, para que matasen a la tercera parte de los hombres. 
El número de los soldados de a caballo era de dos miríadas de miríadas; yo escuché el número de ellos. 

El séptimo ángel tocó la trompeta. Y en el cielo se oyeron grandes voces que decían: "El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo. El reinará por los siglos de los siglos." 
Apoc.8 al 11 


"Ocurrirá en aquel día, cuando Gog venga contra la tierra de Israel, dice el Señor Jehovah, que estallará mi ira en mi rostro. Porque en mi celo y en el fuego de mi indignación digo que en aquel día habrá un gran terremoto en la tierra de Israel. 

Y temblarán ante mi presencia los peces del mar, las aves del cielo, los animales del campo, todo reptil que se desplaza sobre la tierra y todos los hombres que están sobre la faz de la tierra. Los montes serán destruidos, y caerán los declives; toda muralla caerá a tierra. 

En todos mis montes llamaré a la espada contra Gog, dice el Señor Jehovah. Y la espada de cada uno estará contra su hermano. 

Con peste y con sangre entraré en juicio contra él. Sobre él, sobre sus tropas y sobre los muchos pueblos que están con él haré caer lluvia torrencial, piedras de granizo, fuego y azufre. Mostraré mi grandeza y mi santidad. Así me daré a conocer ante los ojos de muchas naciones. Y sabrán que yo soy Jehovah. Ez.38:18-23 


Y acontecerá en toda la tierra, dice Jehovah, que las dos partes serán exterminadas en ella, y se perderán; pero una tercera parte quedará viva en ella. 
Y meteré a aquel tercio en el fuego; los fundiré como se funde la plata, y los probaré como se prueba el oro. Ellos invocarán mi nombre, y yo les escucharé. Yo diré: ’¡Pueblo mío!’; y él dirá: ’¡Jehovah es mi Dios!’ Zac.13:8-9 


¿Sabías que hay evidencias de la existencia del sabio Dios nuestro Salvador, y de que la Biblia fue inspirada por él, y sabiamente? 




El texto de Isaías 40:22 se escribió muchos años antes de que Colón descubriese que la tierra era redonda, y allí está escrito que la tierra es circular. 

Y está profetizado que reventará la capa de ozono en algunos años. Está escrito que llegará un día en que la luna se convertirá en sangre, y el sol no dará su resplandor. Este hecho está profetizado desde hace muchos años en Joel 2:31, en Mt.24:29-31, y en Is.13:9-10. 



El Séptimo sello

1Cuando el Cordero rompió el séptimo sello, hubo silencio en el cielo como por media hora.

2Y vi a los siete ángeles que están de pie delante de Dios, a los cuales se les dieron siete trompetas.

3Se acercó otro ángel y se puso de pie frente al altar. Tenía un incensario de oro, y se le entregó mucho incienso para ofrecerlo, junto con las oraciones de todo el pueblo de Dios, sobre el altar de oro que está delante del trono. 


4Y junto con esas oraciones, subió el humo del incienso desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios.


5Luego el ángel tomó el incensario y lo llenó con brasas del altar, las cuales arrojó sobre la tierra; y se produjeron truenos, estruendos, relámpagos y un terremoto.

Primero, usemos la imaginación: Esta escena es tan sencilla y a la vez tan dramática que es fácil visualizarla: cuando el Cordero abre el último sello, Juan se sorprende grandemente a descubrir que de repente todo el cielo se ha callado en un profundo silencio.Todo el ruido terminó; nadie se mueve y no pasa nada por media hora. Juan ve el trono de Dios, y frente al trono el pequeño altar de incienso, cuyo oro refleja el esplendor del rostro del Señor. Ante Dios están los siete ángeles de la presencia, que conocemos como los arcángeles. En medio del silencio, sin explicación alguna, se le da una trompeta a cada arcángel.

Un poco después, sin decir palabra, aparece atrás otro ángel (no uno de los grandes) con una bandeja de oro en su mano. Silenciosamente abre camino hacia el altar. Con gran solemnidad ofrece sobre el altar el incienso de nuestras oraciones, y todo el cielo (incluso Dios) olfatea el exquisito perfume que llena la corte celestial. Pasa un tiempo, y este anónimo ángel vuelve a llenar su bandeja de carbones encendidos, los lleva solemnemente afuera al parapeto del cielo, y los tira a la tierra. Suenan truenos y voces; ha terminado la media hora y se rompe el silencio.[1]

Y ahora, analicemos: Con Apocalipsis 8:1, después del largo interludio del cap. 7, Juan vuelve a la ya conocida fórmula de abrir los sellos (8:1; cf. 6:1,3,5,7,9,12). Con la misma fórmula[2] los primeros sellos habían soltado a los cuatro jinetes y el sexto había introducido catástrofes de aumentada severidad escatológica, pero en seguida unos ángeles detuvieron temporalmente los vientos de juicio (7:1-3). Con el último sello, y con la expectativa intensificada por el suspenso de la demora del cap. 7, esperaríamos con la apertura del rollo tan importante (cf. 5:1-4) el desenlace final de la historia, con acontecimientos aun más dramáticos que los de 6:12-17.

Pero no pasa nada de eso. Con la apertura del séptimo sello, lo único que pasa es…¡silencio! ¡Otra sorpresa! Y sorprende tanto más porque hasta ahora el Apocalipsis ha sido un libro muy ruidoso. Truenos y voces procedían del trono; vivientes y ancianos unían sus voces con millares de millares de ángeles (5:11-12; 7:10-12). Un ángel fuerte clamaba a voz en cuello (5:3); los mártires también "gritaban a gran voz" (6:10). Pero ahora, de repente, un misterioso silencio hace callar hasta a los truenos que procedían del trono. De repente todo sonido termina y toda la acción, hasta ahora tan acelerada, se paraliza.

Aunque el último sello ahora se rompe, no se dice nada del libro ya abierto ni se procede a leerlo, como esperaba Juan tan ansiosamente (5:4). Como si no bastara la doble pausa del cap. 7, el último sello parece ser otra demora anti-climáctica. Pero en medio del prolongado silencio, ocurre una doble acción sencilla y callada: primero se les entregan siete trompetas a los siete ángeles que están delante de Dios, y en el silencio entre la entrega de las trompetas (8:2) y el  tocarlas (8:6), otro ángel ofrece incienso sobre el altar de oro (8:3-5). Recibidas las oraciones ante Dios, suenan las trompetas y comienzan los juicios.

En vez de un melodramático fin del mundo, estilo Hollywood, el séptimo sello resulta ser el bien ordenado inicio de una nueva serie de juicios. Las trompetas entregadas en medio del silencio del séptimo sello serán los instrumentos del próximo septenario de acción divina (8:6-11:19). Eso nos muestra que el séptimo sello consiste precisamente en las siete trompetas, y la tocada de la séptima trompeta será por eso el fin también del séptimo sello. La media hora de silencio, como una especie de entreacto, es a la vez la última apertura de sellos y el preludio de las trompetas que siguen.
                       
La media hora de silencio, paradójicamente, ha provocado muchos miles de palabras eruditas para explicar su significado.De 8:3-5 es evidente que el silencio tiene que ver sobre todo con la presentación de las oraciones de los fieles. Dios da tanta importancia a las plegarias que vienen llegando de la tierra que hace callar a todas las multitudes celestiales. Charles (1920 I:223) y otros remiten a una tradición rabínica (Hagigah 12b) según la cual los ángeles del quinto cielo "cantan alabanzas de noche, pero se callan de día por causa de la gloria de Israel" (i.e, por las oraciones de Israel).

 Charles agrega:

Las alabanzas de los rangos más altos de ángeles del cielo se callan para que se escuchen ante el trono las oraciones de todos los santos que sufren en la tierra. Las necesidades de ellos son más importantes para Dios que toda la salmodia del cielo (1920 I:224).

Es más difícil explicar por qué este silencio, lleno de oración, se describe "como por media hora" (8:1). Se podría sospechar alguna correlación con otras "mitades" del libro: la "media semana" de años (11:2-3; 12:6,14; 13:5) y de los "tres días y medio" de los dos testigos (11:9,11). La carta a Esmirna describe una persecución de 10 días (2:10), y la tortura por las langostas dura cinco meses (9:5,10). Muchos comentaristas han sugerido que los números irregulares o truncados (fracciones) señalan crisis o peligro. 
   
Aunque esa observación puede ser válida, hay otro factor que explica mejor esta frase. Apocalipsis  8:1-5 parece basarse en el ritual del sacrificio diario en el templo de Jerusalén. Cada mañana al amanecer, después de inmolar al cordero pero antes de sacrificarlo sobre el altar de holocaustos, un sacerdote tomaba carbones de dicho altar y los llevaba solemnemente al altar de incienso dentro del lugar santo.

Después tomaba el incienso y lo echaba sobre los carbones. Mientras se quemaba el incienso y todo se llenaba de perfume, los sacerdotes oraban, probablemente en total silencio (Ex 30:34-36; m.Tamid 5.1-6; TAdán 1.12; Aune 1998:508; Wick 1998:512-514) y el pueblo también oraba afuera (Lc 1:10). Como indica Bauckham (1993A:82), ese ritual bien hubiera durado más o menos una media hora (hôs hêmiôrion).

Los siete ángeles de la Presencia (8:2). Lo primero que Juan observa dentro del silencio es la presencia de los siete ángeles que están en pie ante Dios. Aunque no se habían mencionado en los anteriores cultos celestiales, ni Juan los había visto antes, son presentados con artículo definido como el conocido grupo de "los ángeles de la presencia" (cf. Is 63:9; Jub 1:27,29; 2:1-2,  18). Eso significaba que ocupaban el puesto más próximo de Dios, y atendía al Señor en todo momento para ejecutar sus designios (cf. 1 R 17:1; Lc 1:19). Los conocemos más comunmente como los siete arcángeles.

La Biblia nunca menciona al grupo de arcángeles como tal, aunque sí nombra a Miguel (Dn 10:13; 12:1) y a Gabriel (Dn 8:16; 9:21; Lc 1:19,26). Tobías 12:15 (c.200 a.C.) nombra a Rafael como "uno de los sietes ángeles que están siempre presentes y tienen entrada a la Gloria del Señor" (BJ).  En 1 Enoc 20 se llaman "los santos ángeles que vigilan" y se nombran: Uriel (Luz de Dios), Rafael (Dios cura), Ragüel (Deseo de Dios), Miguel (Quién como Dios), Saraqael (príncipe de Dios), Gabriel (Varón de Dios) y Remeiel (trueno de Dios).[12] En la tradición judía, una de las funciones principales de los arcángeles era la de llevar las oraciones a la presencia de Dios (1 En 9:1-3; 47:1-2; 99:3; 3 Bar 11:1-9; 14:2; TLevi 3:7).

Sin embargo, en Apocalipsis 8 los arcángeles desempeñan otro papel, simbolizado por las trompetas, y "otro ángel" asumirá el alto privilegio de de presentar las oraciones. En el judaismo la trompeta tenía muchas funciones muy importantes: según Números 10:1-10 servía para convocar al pueblo o a los líderes, movilizarles para la marcha, dar alarma de un ataque enemigo, y para celebrar días festivos. Especialmente pertinente respecto a nuestro pasaje es que las trompetas se tocaban al final de los sacrificios diarios en el templo (Nm 10:10; Caird 1966:109) y con las oraciones litúrgicas (1 Mac 4:40).  A partir del tratado "Tamid" del Mischná, Sweet (1979:159) sugiere un paralelismo básico entre Apocalipsis 8 y el ritual matutino del templo: después del holocausto del cordero (Ap 5:6) se derrama la sangra a la base del altar (6:9) y se presenta el incienso en medio de silencio y oración (8:1-4) y al final tocan trompetas (8:6).

El significado escatológico de la trompeta era especialmente importante. Trompetas anunciarán el juicio divino (Jl 2:1; Sof 1:14-16; OrSib 4:173-174); al son de la trompeta Dios reunuirá a su pueblo (Is 27:12-13; Mt 24:31; ApAbr 31:1-2; PssSal 11:1; Mt 24:31) incluso a los muertos que resucitarán para unirse a la asamblea (1Ts 4:16; 1 Co 15:52; 2 Esd 6:22-26). Trompetas también anunciarán la llegada del reino (Lèqach tob a Nm 24:17; StrB 1:960; 1Ts 4:16; Ap 11:15).

En cuanto al conjunto de siete trompetas, el antecedente más obvio es la conquista de Jericó (Jos 6).

El ataque a Jericó, muy similar a los sellos y trompetas del Apocalipsis, también fue un siete dentro de otro siete: por seis días siete sacerdotes tocando siete trompetas rodearon la ciudad (Jos 6:3-4), llevando consigo el altar; el séptimo día la circumambularon con trompetazos siete veces (6:15). Otros paralelos de este septenario con Jericó pueden verse en las grandes voces (Jos 6:16; Ap 11:15); caída de la décima parte de la ciudad (Ap 11:13;  Jos 6:20); y la aparición del arca (Ap 11:19). Caird (1966:108) infiere de estos paralelos que Juan podría haber estado pensando en este relato del AT al escribir Ap 8-11.

Otra sentena de trompetas tenía que ver con la Luna Nueva del mes Tishri, conocido después como fiesta de trompetas y como año nuevo. Como era el séptimo mes del año, y la Luna Nueva de cada mes anterior se celebraba también tocando trompetas (Nm 10:10; Sal 81:3), en conjunto constituían un ciclo de siete trompetazos culminando en los siete del mes Tishri (otro “siete dentro de un siete”). Se celebraba con griteríos y trompetas,y representaba el día de juicio para los pecados del año. Por eso la tocada de trompeta de Luna Nueva de cada uno de los seis meses anteriores se consideraba un anticipo de la del séptimo mes, con sentido de un "mini-juicio" anticipado y una amonestación, hasta la séptima trompeta en el mes de Tishri. El consecuente arrepentimieto debía prepararles para el día de las expiaciones que se realizaba el 10 de Tishri. Entonces el resultado del arrepentimiento sincero será una nueva creación: "Arrepentíos en estos veinte días entre Rosh ha-Shanah y Yom Kippur, y...crearé en ti una nueva creación" (Peskita Rabbati 169a; cf. Jer. Rosh ha-Shanah 59c; Moore 1971 I:533).

Es obvio que la colocación de siete trompetas en las manos de los siete arcángeles (8:2) llevaba una fuerte carga de sentido escatológico. Es más: aquí todo se conjuga para aumentar la tensión del relato. Al abrir la escena los arcángeles no tienen trompetas; el solemne acto de repartirlas, en medio del profundo silencio, da portentos de graves juicios por venir. La expectativa y el asombro aumentan, cuando después de recibir las trompetas, los arcángeles no proceden a tocarlas como sería de esperar. En ese momento de alta emoción, sin romper el tenso silencio, una novedad interrumpe el curso del relato.

El otro ángel (8:3-5). Aunque normalmente era función de los arcángeles entregar las oraciones a Dios, en este relato a ellos les corresponden las trompetas de juicio y le toca a un anónimo octavo ángelofrecer el incienso de oración sobre el altar de oro. Según ciertas tradiciones rabínicas un ángel (normalmente un arcángel) esperaba en las ventanas inferiores de los cielos para recibir las oraciones de los fieles y llevarlos ante Dios. Ahora este "otro ángel", un relativo "don nadie" en la corte celestial, recibe las oraciones y viene abriendo camino hacia el altar. Será el liturgista sacerdotal para la presentación del incienso. Apenas aparece y es el personaje central de este drama celestial, no por alguna autoridad propia suya sino porque lleva nuestras oraciones.


Para su oficio litúrgico, este ángel (igual que los sacerdotes del sacrificio diario) tiene un incensario de oro para llevar los carbones y el incienso. En su incensario trae las oraciones que había recibido de la tierra, y al llegar al altar se le da mucho incienso "para ofrecerlo, junto con las oraciones de todo el pueblo de Dios" (8:3). Aunque el griego de esta frase no es del todo claro, la interpretación más probable es que al incienso que traía el ángel en su incensario (nuestras oraciones) se agrega otro incienso celestial para ofrecerlos juntos sobre el altar. En ese caso aquí nuevamente se unen tierra y cielo, ahora en oración como antes en adoración (ver arriba 7:11-12).

En el templo de Jerusalén el altar de incienso estaba en el lugar santo directamente frente a la cortina que entraba al lugar santísimo. Detrás de la cortina estaba el arca de la alianza, donde Yahvé se sentaba invisiblemente entre los querubines. Por eso el arca se consideraba también el "trono" de Dios[26] y el altar estaba “ante el trono”. Cuando el sacerdote quemaba la ofrenda de incienso, el humo fragante pasaba la cortina y entraba directamente a la presencia de Dios en su trono, el arca. Ahora, en el templo celestial, no hay cortina, el lugar santísimo está abierto, y "el humo del incienso subió desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios" (8:4, cf, 11:19).

Nuevamente Juan nos sorprende, un poco escandalosamente, con una acción chocantemente contraria al sentido del sacrificio de incienso (Bauckham 1993A:82). El ángel llena su incensario con los mismos carbones que acababan de llenar el cielo con la fragancia del incienso, los lleva solemnemente hacia un parapeto del cielo, y los lanza vehementemente a la tierra (8:5a). En seguida termina la media hora de silencio con una explosión de fuertes ruidos: truenos, estruendos, relámpagos y un terremoto.

Ford (1975:135) señala cuatro grandes sorpresas en este relato: (1) del trono y altar, de donde se espera misericordia y perdón, ahora procede ira; (2) el incienso, "olor grato" por naturaleza, resulta ser instrumento de castigo; (3) las trompetas, típicamente instrumentos de alabanza y gozo, ahora traen ayes y desastres; (4) esta liturgia, celebrada en el mismo cielo, termina trayendo destrucción en vez de vida.

La acción de esparcir carbones, aunque no como parte del sacrificio de incienso, tiene un antecedente en Ezequiel 10:2. Desde su exilio en Babilonia, en el año 592 a.C. (Ez 8:1), Ezequiel es llevado en visión a Jerusalén para ver el juicio de Dios sobre el templo de Jerusalén. Seis hombres vienen armados a castigar a los idólatras, pero un séptimo, vestido de lino, lleva un tintero para marcar para salvación a "los que sienten tristeza y pesar" por las abominaciones del pueblo (9:2-4; cf. Ap 7:2-8). Entonces Dios manda al hombre vestido de lino esparcir sobre Jerusalem un puñado de brasas encendidas (Ez 10:2). Uno de los querubines toma en su mano algo del fuego que estaba entre ellos y se lo da al hombre vestido de lino para lanzarlo en juicio sobre la ciudad. Aunque las circunstancias son muy diferentes, Juan supo utilizar el símbolo de los carbones ardientes de ira divina para culminar magistralmente este mensaje sobre oración y juicio.

El resultado de la última acción es cuádruple: truenos, estruendos, relámpagos y un terremoto (8:5b). Esta significativa fórmula amplía la descripción del trono en la visión del cielo: "del trono salían relámpagos, estruendos y truenos" (4:5; ver comentario). Ahí la frase se derivó del relato del éxodo (Ex 19:16-19), con ecos secundarios de la teofanía de Ez 1:4,13. Esa fórmula inicial se va a repetir con el último elemento de cada septenario, pero ampliada cada vez:

     8:5:      truenos         estruendos    relámpagos..terremoto
     11:19:  relámpagos   estruendos    truenos        terremoto               granizada
     16:18   relámpagos   estruendos    truenos       violento terremoto  granizos como nunca antes etc

Llama la atención que esta secuencia ocurre cada vez con el séptimo elemento. Bauckham (1993A:8-7,202-203), quien ha hecho el análisis más detallado de esta fórmula, saca dos conclusiones: (1) esta fórmula progresivamente creciente conecta el final de cada septenario con la visión inicial del trono (Ap 4-5); (2) la fórmula conecta entre sí a los tres séptimos elementos (sello, trompeta y copa), indicando que en cada uno se trata del mismo juicio visto desde distintos ángulos.

El séptimo sello (con el sexto) introduce la dimensión escatológica e interpreta el fin como ira del Cordero (6:17), la séptima trompeta como reino de Dios, y la séptima copa como caída de la gran Babilonia.

Busquemos a Dios en los silencios y los descansos de la vida

El Apocalipsis es un libro sumamente activo, explosivo de energía, y muy ruidoso. Sin embargo, mantiene un ritmo de tensión creciente y descansos periódicos, estruendos y silencios, acción y pausas, alternándose continuamente.

 De hecho esa tensión caracteriza, y debe caracterizar, nuestra vida. Sin descansos para orar y reflexionar, el activisimo se vuelve irreflexivo e ineficaz; sin la práctica de la fe, la meditación se queda esteril y el descanso termina en letargo y entropía. En los silencios la voluntad de Dios se nos hace clara, y en la acción la llevamos al plano de la obediencia.

El tema bíblico del descanso comienza con el primer relato de la creación: Dios trabajó seis días y el séptimo día descansó (Gen 2:1-4a).

Por eso, según Ruiz de la Peña (1986:45), "el descanso pertenece a la constitución misma de la realidad creada". El séptimo día no fue un apéndice o un adorno sino un elemento esencial y climáctico de la obra divina. Dios culminó su acción creadora en el séptimo día, y al bendecirlo, bendijo a toda la creación de los siete días. Como el desanso divino bendijo y santificó los seis días de obra creadora, nuestro descanso sabático debe bendecir y santificar también toda la labor nuestra (Kittel VII:4).

Esteban Voth (1992:62) resume muy bien el significado de este descanso divino:

Esta proclamación primeramente declara que Dios puede descansar, puede hacer una pausa. Dios no llega al final de su incomparable obra tensionado, fatigado y agotado. A diferencia de los dioses babilónicos, Dios concluye en paz y con serenidad. El está seguro de lo que ha logrado, y con tranquilidad detiene su actividad creadora. La conducta de Dios es entonces una invitación a que adquiramos la perspectiva de Dios y dejemos de pensar que la vida depende de nuestra actividad frenética. El mundo está seguro en manos de Dios, y no se desintegrará simplemente porque hagamos una pausa.

Según Ex 20:8-11, el pueblo de Dios debía unirse al descanso de Dios cada séptimo día de la semana. Era el ShaBBâT, el día de cesación, de descanso. Para Israel, el séptimo día debía liberarlos de la rutina laboral para transformar el trabajo en creatividad, a la imagen y semejanza del Dios Creador. Abría un espacio festivo para celebrar la creación de Dios juntos con el Creador mismo. Por eso el séptimo día es un tiempo de gozo y descanso para el pueblo, para todos los animales y para la tierra misma (Ex 20:10; 23:12; 34:21; Is 58:13; Os 2:11).

El descanso sabatino se proyectó, a partir de la creación, en otros septenarios festivos de descanso, especialmente el Pentecostés, el año sabático y el jubileo. Al día cincuenta después de la pascua (el día que seguía al séptimo sábado), se celebraba la fiesta de semanas, el Pentecostés. Con gran gozo daban gracias a Dios por la cosecha, presentaban ofrendas, y cesaban de todo trabajo pesado (Lv 23:21; Nm 28:26). Después, cada séptimo año había de ser el "descanso de la tierra", dejando la tierra en barbecho y cesando de toda labor agrícola durante el año entero (Ex 23:10-11; Lv 25:2-7; Neh 10:32).

Era un verdadero "sabático" no sólo para la gente sino también para la tierra y los animales. Y finalmente, después de siete años sabáticos (49 años), el año siguiente debía ser el "Jubileo del Señor" (Lv 25:8-10). Nuevamente, por segundo año consecutivo, se descansa de la labor agrícola y se deja a la tierra descansar (Lv 25:11,20-22). En general, llama poderosamente la atención el alto número de fiestas y días azuetos en la vida del pueblo de Israel.

En algunos pasajes la esperanza escatológica se expresa también como fiesta sabática (sábado, año sabático, Jubileo). Durante el exilio, las visiones del retorno a la tierra tendían a tomar dimensiones escatológicas (Is 35; 43:19-20; 51:3,6-8; Stam 1995:32-37). Isaías 35 describe el júbilo festivo del retorno (35:1-2,10; cf. 51:11) e incorpora lenguaje del Jubileo: Dios fortalecerá a los débiles y cansados, los ciegos verán, los sordos oirán, los cojos saltarán, los mudos gritarán (35:32-6; cf. Is 42:7,16; 61:1-2; Lc 4:18-19; 7:22; Mt 11:5). También en la descripción de la nueva creación se destaca la celebración fiel del sábado y la nueva luna por todas las naciones (Is 66:23; cf. Ez 45:16-17; 46:1-4,12). En términos más amplios, la esperanza escatológica se describe como un pacto de paz (Is 54:10; Ez 34:25; 37:26) y una promesa de descanso y quietud (Is 32:17; 14:3-7; 35:15-18; 33:20-21). Según McCann "varios escritos apocalípticos judíos y cristianos y del judaísmo rabínico describen la edad venidera como un sábado perpetuo" (ISBE IV:252).

La interpretación escatológica del sábado aparece también en Hebreos 3:7 -- 4.11. En una relectura del Salmo 95:7-11, el autor exhorta seriamente a los lectores a no endurecer sus corazones y perder entrar en el descanso de Dios, como pasó con la generación de Moisés (3:11,18). Tampoco la generación de Josué entró en el verdadero reposo de Dios cuando ocuparon la tierra de Canaán (4:6,8). La exhortación de David en el Salmo 95 demuestra que la oferta sigue abierta (4:1). Los que responden a la Palabra de Dios en Cristo entran en el mismo reposo del Creador y, como Dios mismo, descansan de sus obras (4:3,10); es el idéntico "reposo especial" (sabatismos 4:9) con que Dios "descansó y fue refrescado" el séptimo día (Ex 31:17; Lohse KITTEL VII:5).

El descanso y el silencio deben ser integrales a los ritmos de nuestra vida cristiana. Tenemos que aprender a callarnos ante el Señor (Hab 2:20; Sof 1:7; Zac 2:17); sólo entonces podremos escuchar, como Elías, el “silbo apacible y delicado" del susurro divino (1 R 19:12).[34] En esto Jesús es nuestro ejemplo. De los evangelios queda claro que vivía sumamente ocupado y atareado (Mr 3:20-21; 6:31); su agenda de actividades no le dejaba mucho tiempo libre ni mucha soledad. Por eso él programaba conscientemente tiempos de descanso y silencio para estar a solas con Dios, para orar, y para buscar la voluntad del Padre (Mr 1:35; 6:46-47; 14:32-42; Mt 14:22-25; 26:36-46; Lc 4:42; 6:12-13; 11:1-2; 22:39-46).

Los grandes místicos han insistido en la importancia indispensable de quietud espiritual para la vida contemplativa (Santa Teresa, San Juan de la Cruz y muchos/as más). Thomas Merton (1961:108,117), el místico trapense, afirma que "la verdad surge del silencio del ser a la tremenda presencia quieta de la Palabra. Después, hundiéndose de nuevo en el silencio, la verdad de palabras nos hunde de nuevo en el silencio de Dios...Entonces mi vida entera se vuelve oración, mi silencio entero se llena de oración" (¡un eco muy interesante de Apocalipsis 8:1-5!).

Hoy más que nunca, cuando la gente tiene más tiempo libre pero menos descanso y tranquilidad, nos llega la exhortación de Dios: "Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios" (Sal 46:10); "esténse quietos y verán cómo el Señor los librará" (2 Cr 20:17 DHH). En la serenidad y la confianza está su fuerza" (Is 30:15). Tenemos que aprender a guardar silencio ante Dios y esperar en él (Sal 37:7; Dt 27:9)

El silencio tiene que ser un elemento central también en la adoración. En años recientes nuestros cultos se han vuelto cada vez más bulliciosos, lo cual puede ser el fervor de auténtica adoración pero también puede ser nuestro equivalente evangélico de los gritos y saltos de los profetas de Baal (1 R 18:27).[35] En cualquier caso, lo que es muy preocupante es la casi total ausencia de silencio en muchas celebraciones de “adoración”. Dios nos habla especialmente en el silencio. Muchas veces es nuestra propia “bulla sagrada”que no nos permite escucharle; la voz divina se ahoga en el mucho ruido de nuestros intentos de obligar su presencia por la fuerza de nuestro propio clamar.

Cuando nosotros oramos Dios se complace, todos los ángeles se callany el cielo entero huele a perfume

El análisis de este pasaje, y sobre todo la visualización de su pequeño y sencillo drama, deja muy clara la razón de la media hora de silencio en el cielo: nuestra oración es tan importante que hasta los arcángeles tienen que callarse.[36] Cuando oramos, todo el cielo se concentra totalmente en nuestra oración. No podría haber una forma más enfática de impresionar a los fieles con el valor incalculable de sus oraciones y la necesidad de perseverar en la intercesión. Este episodio nos enseña que vale la pena seguir orando sin cesar.

Cuando los mártires en el cielo clamaban ante Dios, recibieron una pronta respuesta (6:10-11). Pero cuando los fieles oraban desde la tierra, la respuesta divina no se dejaba ver. Más bien, la situación parecía empeorarse. Fácilmente podrían pensar que al orar estaban perdiendo el tiempo. A esa inquietud de ellos y su probable frustración en la oración– y la nuestra – Dios da la más convincente respuesta imaginable. Es como si Dios nos enviara un “clip”de “video”y nos dijera: “cuando ustedes oran no les parece que pasa nada…¡pero miren lo que pasa en el cielo cuando llegan sus oraciones!”

Este callar del cielo cuando el pueblo de Dios ora y adora aparece también en la literatura rabínica. Según Génesis Rabbah 65.21 “la voz de Jacob [i.e. de todo el pueblo de Israel] es la voz que silencia a todos los seres celestiales y terrestres”

Un texto Hekhalot* también describe a los ángeles deseando decir su liturgia (su Trishagion, cf. Ap 4:8) pero silenciados por Dios porque quiere escuchar primero las oraciones de su pueblo:

Felices son Israel, porque son amados ante el Omnipresente más que los ángeles ministrantes. Pues éstos, cuando buscan cantar y alabar arriba rodean el trono de gloria como montaña sobre montaña de fuego…pero el Santo, bendito sea, les dice: “Cállense todos los ángeles, todos los serafines, todo ser viviente, y toda rueda que yo he creado, hasta que yo oiga y escuche primero a todos los cánticos, alabanzas y dulces salmos de Israel”.

Es común en las escrituras que la oración se asocia con el incienso (ver 5:8; Sal 141:2; Lc 1:9-10; cf. Sab 18:21). Se comparaba al incienso porque complace a Dios; nuestas oraciones “llenas de aroma” (Ap 5:8 NBE) son del supremo agrado del Señor quien olfatea con deleite su fragancia.

La comparación con el incienso parece aplicarse también porque la oración se veía como una ofrenda o un sacrificio (Sal 141:2: Os 14:2 BJ, NBE; Heb 13:15/Sal 69:30-31; 1 P 2:5,9. Ofrenda de incienso y oración se asocian en Lc 1:9-10).

El asenso del incienso como olor grato ante Dios es señal segura de la aceptación de la oración por el Señor (Gn 9:21; Kiddle 1940:146; Swete 1951:108; Ladd 1974A:111). El olor grato indica que el sacrificio de oración complace a Dios (Lv 16:12-13; Prv 15:8;  1Cr 29:17; Ps 17:1).No queda lugar para ninguna duda sobre la favorable recepción divina de nuestras plegarias. Es el equivalente simbólico de las palabras del ángel a Cornelio: “Tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial ante la presencia de Dios” (Hch 10:4 BJ). Así el séptimo sello nos enseña tanto la inmensa importancia de la oración como también su segura eficacia.

 La historia pertenece a los intercesores[40]

Ya hemos señalado que el séptimo sello consiste precisamente en las siete trompetas, repartidas durante la media hora de silencio (8:2) pero tocadas sólo después de haber sido recibidas las oraciones de los santos (8:6). Por eso, como hemos observado, la séptima trompeta constituye también el final del séptimo sello. Significa también que todos los contenidos de las siete trompetas son específicamente respuesta a la oración de los santos (8:3-5).
Llama poderosamente la atención que el Apocalipsis introduzca, precisamente en el punto climáctico del séptimo sello, no el fin dramático del mundo sino un silencio lleno de intercesión. Hasta este momento la participación humana en el drama había sido mínima, para no decir nula.[41] Pero es como si Dios parara todo ahora y dijera: “No quiero seguir sólo en todo esto. Tienen que participar también mis hijas e hijos en la tierra”.[42] En palabras de Ronald Goetz, “Dios gobierna al mundo en constante consulta con los que oran” (Christian Century, enero 29, 1997, p.98). La oración es la forma en que los creyentes colaboramos con Dios y participamos en el desenlace de la historia. ¡Nuestra oración hace historia!
En el libro del Apocalipsis se destacan dos cosas nuestras que llegan ante la presencia de Dios. En primero lugar, nuestras oraciones llegan al trono como incienso (5:5; 8:4). Y también, según 19:8 “el lino fino [del vestido de bodas de la esposa del Cordero] son las acciones justas de los santos”. Con nuestras oraciones despachamos incienso al cielo; con nuestra vida santa y nuestra práctica de la justicia enviamos lino fino a las manos del divino Tejedor para el hermoso vestido de su novia. “A Dios orando (incienso), y con el mazo dando (justicia)”.[43] Con oración y justicia vamos también haciendo la historia.

La respuesta específica a la oración de los santos son las siete trompetas. Seis de ellas son terribles juicios; parecen cada vez peores, llegando a la pesadilla de langostas torturadoras (9:1-9) y los feroces caballos dragones (9:15-19). Pero la séptima trompeta (11:15-19) es totalmente distinta. Con ésa se anuncia jubilosamente la llegada del reino de Dios:

El reino del mundo ha pasado a ser de nuestros Señor

                y de su Cristo,
y él reinará por los siglos de los siglos...

Señor Dios poderoso,
que eres y que eras,
te damos gracias porque has tomado tu gran poder
y has comenzado a reinar...[44]

Podemos notar aquí un paralelo invertido con los siete sellos y una simetría muy significativa en la estructura literaria de los sellos y trompetas. Hemos afirmado que el primer jinete, sobre el caballo blanco, se entiende mejor como el evangelio en su marcha triunfante por el mundo. Le siguen cinco sellos tétricos (guerra, hambre, pestilencias, persecución, juicios cósmicos), un paréntesis (cap. 7) y un silencio lleno de oración (8:1-4). El séptimo sello se desenvuelve en siete trompetazos, de los que los seis primeros son también desastrosos (8:7-9:21). Igual que con los sellos, se introduce un doble paréntesis entre las trompetas sexta y séptima (10:1 -- 11:14). Y como el primer sello fue de bendición y vida, seguido por sellos de juicio y muerte (6:3-17), la séptima trompeta es también de vida y bendición, ahora antecedida por seis trompetas de horrendo juicio.

Si entendemos así la secuencia de sellos y trompetas, podemos ver dos conclusiones. Todo el proceso es una inclusio que comienza y termina con la victoria del reino de Dios (jinete blanco y séptima trompeta). Aquí también, el Cordero que ha vencido es Alfa y Omega. Y en segundo lugar, en el puro centro de la secuencia está -- ¡la oración! En el momento decisivo del séptimo sello, aparece la intercesión de los fieles que por su oración y justicia van haciendo la historia junto con el que está sentado en el trono y el Cordero. La oración es como el pivote central sobre el que gira la historia y se mueve hacia el reino de Dios (11:15-19).

Muy bien comenta el teólogo escocés T. F. Torrance (1959:60):

“Más poderoso que todos los poderes oscuros y fuertes sueltos en el mundo, más poderoso que cualquier otra cosa, es el poder de la oración encendida por el fuego de Dios y echada a la tierra ...Las oraciones de los santos y el fuego de Dios mueven todo el curso de la historia..La oración es la fuerza más revolucionaria que el mundo conoce”

O del holandés G. C. Berkouwer (1972:452-453), estas palabras de fe y esperanza:

La oración de los santos en el Apocalipsis activó inmediatamente un poder visible y audible sobre la tierra – “truenos, estruendos, relámpagos y un terremoto”. Así también nuestra oración, “Venga tu reino”, no es ningún monólogo balbuceante sino una oración que espera una respuesta. Cada vez que oramos el Padre nuestro debemos ir a pararnos ante la ventana de la esperanza.

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