16 marzo 2015

Según la neurociencia moderna, el dolor está en tu cerebro (y puedes modificar su sensación)

¿EJERCER LA VOLUNTAD SOBRE LA EXPERIENCIA DEL DOLOR? DE ACUERDO CON INVESTIGACIONES RECIENTES, ESTO ES MÁS USUAL DE LO QUE PENSAMOS.


El dolor es un enigma, lo cual es paradójico, porque de alguna manera todos sabemos qué es y sin embargo no es sencillo explicarlo entenderlo. Es posible pinchar a dos personas con la misma aguja, ejerciendo la misma presión sobre la misma zona del cuerpo y a las dos les dolerá, pero no de la misma manera. Si decimos que el dolor es un estado de percepción, ¿esto significa, como en otros casos, que su condición es más subjetiva que objetiva? ¿Que sucede, pero que se experimenta de una manera distinta a su posible realidad?

En parte esa es la dirección a la que apuntan investigaciones recientes sobre la neurociencia del dolor. A partir del caso de un médico militar estadounidense, David Linden, profesor de esta especialidad en la Universidad Johns Hopkins y autor de Touch: The Science of Hand, Heart, and Mind, observó cómo el cerebro humano es capaz de modular la experiencia del dolor a pesar de las circunstancias físicas de este.

En 2003 Dwayne Turner se encontraba en Irak asistiendo a las tropas estadounidenses. Un día su unidad fue asaltada y él recibió, primero, la explosión de una granada y poco después una bala le rompió el brazo. Sin embargo, Turner asegura que nunca sintió ninguno de los dolores, lo cual le permitió continuar administrando primeros auxilios a otros soldados y ayudarlos a ponerlos a salvo.

El caso, sin duda, es extraordinario, y para Linden significó el ejemplo perfecto de la capacidad del cerebro para elevar o reducir la intensidad del dolor que se siente, como si utilizara un regulador de volumen, un fenómeno que a veces puede parecer involuntario pero que en ciertas personas es casi una elección, como se ha observado en quienes meditan con asiduidad, un práctica que permite regular los ritmos cerebrales al grado de bloquear la experiencia del dolor.

Asimismo, las emociones son otro factor que debe tomarse en cuenta en la experiencia del dolor. Si, por un lado, hay todo un sistema del cerebro dedicado a procesar las sensaciones doloras, el sistema que procesa que las emociones puede involucrarse para dar a estas un significado completamente distinto. Según Linden, emociones como la tranquilidad, la seguridad y la empatía pueden hacer que un dolor se sienta menos, o más si a este se asocian las emociones negativas opuestos (como sucede, por ejemplo, en la tortura).

En sus Investigaciones filosóficas, Ludwig Wittgenstein siguió con persistencia el rastro del dolor para intentar entender las relaciones entre el pensamiento, el lenguaje y la percepción. Para el filósofo, el dolor es un poco esa categoría general para hacernos entender a propósito de algo que cada cual experimenta a su manera. Aunque nadie puede sentir y quizá ni siquiera imaginar el dolor de otra persona, aun así existe un nombre que da expresión a esa realidad “privada” y permite llevarla al mundo. Si es posible encontrar un punto en común entre la intuición del filósofo y los descubrimientos de la neurociencia contemporánea podría pensarse el dolor como la condición en donde se cifran muchos de los enigmas de nuestra humanidad, la compleja red que se teje en nuestras relaciones con el mundo, con los otros y con nosotros mismos.

fuente del texto/Pijamasurf

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