30 agosto 2015

El secreto último de la Rosacruz.

Inmortales capaces de viajar en el tiempo y en el espacio por medios desconocidos, poseedores de un saber que les otorga el poder de convertir el plomo en oro, dotados de clarividencia y conocedores de los acontecimientos venideros. Son los rosacruces. Desde que sus primeros escritos aparecieron en una Europa rota por las diferencias religiosas, han dejado un rastro de misteriosa fascinación tras de ellos. Han cambiado la historia, han inspirado instituciones como la UNESCO, e incluso parecen estar en el origen de la ciencia.

Una filosofía dedicada a la transformación del hombre.


Hace medio siglo la UNESCO publicó la obra del que se considera su precursor, y el tutelar de la ONU, el hombre que ideó ambas organizaciones hace más de 300 años, Jan Amos Comenius. En 1970, la ONU invitó a sus estados miembros a conmemorar la obra del que se considera uno de los pioneros de la moderna pedagogía. Como tal, un importante proyecto educativo ligado al proyecto Erasmus lleva su nombre, y la UNESCO premia a los mejores educadores en todo el mundo con la medalla Comenius.

Este adelantado abogaba por una ciencia universal que debía propagarse y enseñarse en todos los estratos sociales bajo la dirección de una academia de sabios; por la creación de instituciones internacionales que dirimieran los conflictos políticos; y por la reconciliación de las iglesias. Lo que poca gente conoce es que a Amos Comenius y a su obra se les considera parte de uno de los movimientos espirituales más intrigantes y misteriosos de nuestra historia, la RosaCruz, y que esos proyectos no son sino un aspecto de un ambicioso plan de reforma universal que proclamaban los miembros de esa misteriosa fraternidad hace ya cuatro siglos.

Hoy en día, miles de personas están afiliadas a alguno de los muchos grupos o sociedades que se autocalifican como rosacruces; una denominación muy antigua. La aparición de los rosacruces podría haber sido predicha ya por Nostradamus, años antes de que se dieran a conocer: «Surgirá una nueva secta de filósofos que despreciarán la muerte, el oro, honores y riquezas; cerca de los montes alemanes vivirán, y contarán con gran contingente de personas que les seguirán y apoyarán». Y lo cierto es que, poco después de publicadas sus Centurias, se desataba el frenesí rosacruz con la aparición de dos obras que iban a convertirse en el centro de un más que animado debate entre las mentes más preclaras del viejo continente: la Fama Fraternitatis y la Confessio, ambas publicadas en la ciudad de Cassel, en Alemania, en 1614 la primera y un año después la segunda.


Sabiduría oculta

La Fama, sin embargo, circulaba ya, de forma manuscrita, en 1610. En ella se anuncia la existencia de una sociedad poseedora de un extraordinario conocimiento capaz de provocar la renovación general del mundo; una fraternidad que invita a los sabios de toda Europa a dejar a sus falsos maestros, el Papa, Galeno y Aristóteles, para unirse a ellos. Narra asimismo la historia del misterioso Christian Rosenkreutz, su fundador, que tras un viaje a Oriente, donde halló la sabiduría oculta, regresó a Europa para instruir a sus compatriotas. Los extraños poderes que se achacan a los iniciados de esta sociedad se dibujan en esta obra tras una misteriosa frase en la cual se afirma que un rosacruz es «aquel ante cuyos ojos se abre la naturaleza entera».

La Confessio se expresa en un tono más antipapista que la Fama y explica aún con más detalle la composición y objetivos de la orden. Afirma que, gracias a la alquimia, sus miembros poseen todas las riquezas que necesitan, pese a que desprecian a los «sopladores» —los alquimistas dedicados únicamente a investigar los métodos para fabricar oro—. Los rosacruces abogan por una reforma universal de todos los aspectos sociales, incluidos la ciencia o la religión. Según se afirma en la obra, están dotados de extraordinarios poderes y conocimientos y detentan una sabiduría que «es el fundamento y la sustancia de todas las facultades, de todas las ciencias, de todas las artes», capaz de producir «maravillas y misterios». Toda Europa se hizo la misma pregunta: ¿Qué ciencia es capaz de desvelar la naturaleza entera?

Grabado del siglo XVII que ilustra la preparación de la «piedra filosofal» y se interpreta como un símbolo del trabajo espiritual de los iniciados para conseguir el conocimiento secreto de la Naturaleza que perseguía esta Fraternidad.


Por si fuera poco, al año siguiente, en 1616, se publicó una extraña obra, Las Bodas Químicas, un tratado hermético en la cual el protagonista, nuevamente Christian Rosenkreutz, asiste a las nupcias de un rey y una reina en medio de fastuosas fiestas y representaciones, en las que participan diferentes órdenes, como la de los «Caballeros de la Piedra Dorada», en lo que parece una clara alusión a la obra alquímica y su meta final: la piedra filosofal capaz de transmutar el plomo en oro, lo cual no es sino una metáfora de la transmutación del ser humano.

¿Quién o quiénes son los autores de las obras rosacruces? Al menos creemos conocer al autor de Las Bodas Químicas, Valentín Andreae, un pastor luterano que, ya anciano, se refería a esta obra como un «ludibrium», un divertimento o broma, calificativo que también empleaba a menudo para referirse a la RosaCruz: «el ludibrium de la vana Fama», el «ludibrium de la ficticia Fraternidad RosaCruz». Todo parece indicar que Andreae, y algunos amigos de su círculo, interesados en la magia, la cábala y el hermetismo, y dados a reunirse en sociedades secretas, están involucrados en la creación de los manifiestos. Pero la filosofía que subyace en ellos se encuentra en otras muchas partes. Más bien parece que Andreae y su grupo fueron «inspirados» por alguien anterior.


Las claves históricas

Quizá examinar los acontecimientos históricos nos depare alguna pista. La aparición en esas fechas de ambos manuscritos no es casual, como ha demostrado la historiadora inglesa Francés A. Yates. Desde que surgió, la Reforma protestante anduvo buscando siempre un líder capaz de forjar una alianza para enfrentarse a la Iglesia y a la poderosa familia católica de los Habsburgo, que controlaba la mayor parte de Europa. Y creyeron encontrarlo en 1613, un año antes de la publicación de la Fama, en la persona del Elector Palatino del Rin, Federico V, cuando contrajo matrimonio con Isabel, hija de Jacobo I de Inglaterra. Alrededor de ambos se formó una corte de políticos que trabajaban incansablemente en la sombra para convertirlos en emperadores de una nueva y reformada Europa, un sueño que se vino abajo cuando, al aceptar Federico e Isabel la corona de Bohemia, el país fue invadido por los ejércitos católicos dando paso a la horrible guerra de los treinta años.

¿Eran sólo políticos los asesores de los reyes de Bohemia? Muchos de ellos eran magos, hermetistas y alquimistas afines a las ideas rosacruces. El propio consejero de Federico, el calvinista Cristian de Anhalt, participó en muchos movimientos hermetistas y paracélsicos. El médico personal de Anhalt era Oswald Croll, hermetista, cabalista y alquimista. Cristian de Anhalt se relacionaba con el célebre Conde Rozmberck, miembro de una familia bohemia, famosa por su adhesión a la alquimia y las ciencias ocultas, y mecenas a su vez de alquimistas y ocultistas, como los famosos Edward Kelley y John Dee. Este último es una pieza clave a la hora de buscar el origen de los rosacruces.


Mago de la corte de la reina Isabel de Inglaterra, Dee inspiró su política más de lo que muchos historiadores quieren admitir. Bajo su influencia la corte isabelina se impregnó de una atmósfera mágica que revivía la mitología artúrica y en la que se identificaba a este ocultista con un nuevo Merlin. Dee viajó a Europa en lo que muchos consideran una misión secreta. Su influencia en Bohemia y en otros lugares de Alemania, como Cassel, donde curiosamente surgieron los manifiestos rosacruces, fue considerable. Tras el paso del incansable mago surgían, años después, círculos y sociedades que estudiaban su obra. Su filosofía reunía ciencia, magia y religión y anunciaba una nueva era para la humanidad, el mismo ideal de los manifiestos. Viajar para instruir, según estos, es uno de los objetivos que se marcaron los rosacruces.

El movimiento rosicruciano surgido en Alemania parece haber sido inspirado por el mago y alquimista isabelino, aún cuando éste podría haber sido portavoz de otros, de los auténticos iniciados rosacruces que hacían voto de permanecer en silencio y fuera de las miradas del público. En todo caso, los rosicrucianos alemanes, herederos ideológicos de Dee, inspiraron después la política del que pudo ser el primer emperador protestante: Federico V.

Grabado Rosacruz del siglo XIX, cuyo texto sostiene que representa este signo y su emblema atribuyendo su origen a Dios.



¿Qué metas persiguen entonces los rosacruces? Por un lado se dicen poseedores de un misterioso conocimiento que abre las puertas de la conciencia y transmuta al ser humano hasta un punto inimaginable. ¿Cuáles son los efectos de esa transformación, los increíbles poderes que se atribuyen a los rosacruces? La Confessio enumera algunos de ellos. El primero y quizá más importante, una serenidad y desapego que son consecuencia de un estado de conciencia superior; la «inmortalidad», entendida inicialmente como una conciencia de eterno presente y de haber sobrepasado los límites de la materia y el tiempo corrientes; el poder de desplazarse a voluntad de un lugar a otro, sin los soportes físicos conocidos; clarividencia y conocimiento de las cosas pasadas y por venir; don de lenguas; invisibilidad; telepatía… La Confessio aún va más lejos: «¿Qué fascinación no experimentaríais viendo que vuestro canto atrae a vosotros no las rocas sino las perlas y piedras preciosas, embelesa no a las bestias feroces sino a los espíritus, pone en movimiento y hace vibrar no al infernal Plutón sino a los poderosos, a los príncipes de este mundo?».


Por otro lado, ese conocimiento superior que dicen poseer los rosacruces podría desvelar los secretos últimos del Universo. De aquí parece derivarse uno de sus objetivos principales y que concierne a toda la humanidad: la reforma política y social, con la instauración de un orden mundial basado en una monarquía universal, apoyada en una comunidad de sabios y regida por principios espirituales y metafísicos, cuyas bases deben ser asentadas en una renovación total de las artes, de la técnica y de las ciencias, aunadas en un saber único que desvele los misterios de la naturaleza.


La ciencia

Una circunstancia que pasa a menudo inadvertida cuando se estudia el fenómeno de la RosaCruz es, precisamente, su énfasis en la necesidad de una reforma universal y general de las artes y las ciencias.


El interés por el conocimiento de la Naturaleza, impulsado por John Dee, había adquirido en tiempos del mago isabelino un nuevo impulso gracias a los cabalistas y hermetistas renacentistas. Robert Fludd, uno de los admiradores de los manifiestos rosacruces, resalta en sus obras, calificándolos de «historia técnica», los logros científicos y los inventos de Dee, Roger Bacon o Alberto Magno como consecuencia de una Magia Natural que persigue el conocimiento matemático y el entendimiento de la mecánica del universo. Fludd, como los rosacruces, insiste en la necesidad de mejorar y reformar la geometría, la música, la óptica, el álgebra y la aritmética, disciplinas en las que Dee era un erudito. Michael Maier, por su parte, no puede ser más explícito en su Atalanta Fugiens, cuando representa en un grabado la búsqueda del conocimiento científico en la figura del filósofo que examina las huellas dejadas por la Naturaleza, «que por todas partes grita por ser escuchada». Toda su obra revela la influencia de Dee y de El Avance de la Ciencia de Francis Bacon, y como él aboga por la experimentación y el método empírico.


«Que la naturaleza sea tu guía, que tu arte la siga paso a paso; lejos de ella te pierdes. Que el espíritu sea tu caña; afirmando tus ojos la experiencia a lo lejos te dará la vista. La lectura, llama brillante en las tinieblas, te esclarecerá el montón de palabras y de materias». Emblema XLII, Atalanta Fugiens.

«Que la naturaleza sea tu guía, que tu arte la siga paso a paso; lejos de ella te pierdes. Que el espíritu sea tu caña; afirmando tus ojos la experiencia a lo lejos te dará la vista. La lectura, llama brillante en las tinieblas, te esclarecerá el montón de palabras y de materias». Emblema XLII, Atalanta Fugiens.
Las ciencias numéricas, como la matemática o la arquitectura, son también el principal interés del autor anónimo y rosicruciano de la obra Rosa Florescens, a quien muchos han identificado con Andreae, el autor de Las Bodas Químicas, y en la que se afirma que los Rosacruces «buscan el conocimiento de la naturaleza». Lo cierto es que a la sombra del ambiente diseminado en toda Europa por los manifiestos, Tycho Brahe desarrollaba sus nuevos descubrimientos en el campo de la astronomía y Galileo inventaba el telescopio.

El propio Descartes, padre del racionalismo, fue acusado de pertenecer a la RosaCruz. Lo que sí es bien sabido es que el matemático y filósofo francés, aunque afirmaba que eran impostores y visionarios, estuvo buscándolos durante su estancia en Alemania. En este sentido, resulta curioso hoy en día ver a científicos tildando al movimiento rosacruz de «superchería», cuando ha sido éste, precisamente, el que impulsó el desarrollo de la ciencia y de la técnica. Se olvida pronto, por ejemplo, que muchos descubrimientos químicos han sido obra de alquimistas o que la ciencia corrobora hoy algunas de sus ideas sobre las propiedades de la materia.

Quizá sea ésta una actitud heredada de ciertos científicos del pasado que comenzaron a renegar de sus «orígenes» ante el peligro de ser tildados de nigromantes y hechiceros, especialmente si mostraban simpatía a los autores de los manifiestos. Y es que la admiración que en los primeros años provocaron los escritos rosicrucianos se tornó en terror años después, cuando la caza de brujas se convirtió en una auténtica paranoia.


Telescopio de Galileo. A la Rosacruz se le atribuye la revolución de la ciencia moderna.
Telescopio de Galileo. A la Rosacruz se le atribuye la revolución de la ciencia moderna.

En Francia causaron terror ciertos carteles que aparecieron en 1623 en las calles de París y en los cuales podía leerse «Nosotros, diputados del principal Colegio de la Hermandad de la Cruz Rosada, estamos en la ciudad de forma visible e invisible por la Gracia del Más Alto… Enseñamos sin libros ni máscara alguna en el idioma del país en el que queremos estar, para sacar a nuestros seguidores del error de la muerte». Pronto aparecieron manifiestos en los que se afirmaba que los «invisibles» rosacruces renegaban de Cristo y efectuaban espantosos ritos y horribles pactos satánicos. Entre los parisinos empezaron a correr rumores de visitantes que se desvanecían en el aire o que pagaban con monedas de oro que poco después se convertían en pizarra. Algunos afirmaban haberse despertado al sentirse acosados por «rosacruces» que aparecían flotando sobre ellos. En resumen, se desató un irracional horror hacia todo lo que tenía que ver con la RosaCruz, hasta el punto de que cualquier científico podía ser acusado de relacionarse con ellos y ser tildado de brujo.

Pero la influencia rosicruciana no cesó, y se puede detectar en otras sociedades iniciáticas. De hecho está presente, al menos como ideal, en el seno de la masonería moderna, que toma su forma definitiva en 1723 bajo las Constituciones del pastor Anderson.


¿Es la masonería una reforma inspirada por rosicrucianos? Lo cierto es que uno de los primeros miembros de una profesión liberal admitidos en una logia es Elias Ashmole, que fue recibido el 16 de octubre de 1646. El primero fue Robert Moray, admitido en la logia de Edimburgo el 20 de mayo de 1641. Ambos eran alquimistas y miembros fundadores de la Royal Society, una institución científica cuyo origen parece ligado también al rosicrucianismo. Ya en 1638, un poema masónico afirma que «porque somos hermanos de la Rósea Cruz tenemos la palabra del masón y una segunda visión, podemos predecir correctamente las cosas que vendrán». El autor del poema se confiesa masón y rosacruz, y declara tener por ello dotes de clarividencia.


Por otra parte, en los siglos XVII y XVIII aparecieron los nuevos ritos rosacruces de la masonería, como el rito francés de la Orden Preclara de los Caballeros del Águila Negra, los grados rosacruces del rito de Memphis-Mizraim, y el famoso «Decimoctavo Grado», llamado la Rosa Cruz de Heredom, del Rito Antiguo y Aceptado Rito Escocés. De la masonería surgieron a su vez sociedades que se autodenominaron rosacruces. Una de las más importantes fue la alemana Gold-un Rosenkreutz, que tomó su nombre de un grupo oculto anterior y más antiguo ligado a los Inseparables o Indisolubles, una misteriosa orden dividida en cinco grados, cuyos estudios se centraban en la alquimia y las técnicas de fundición de minerales. Esta sociedad, probablemente el equivalente a la masonería operativa en el gremio minero, y que de hecho hablaba de ascender 7 peldaños hasta el «más alto arquitecto del mundo», se fundió más tarde con la Sociedad Fructífera, a la cual también pertenecía el pastor Valentín Andreae, a quien muchos atribuyen la autoría de los manifiestos rosacruces. Pero la orden de los Inseparables fue fundada en 1577, antes de la aparición de lo manifiestos. Por eso, no es de extrañar que muchos vean en ella el origen del movimiento rosacruz.


El arte de la transmutación

Otro iniciado, Dante, simbolizaba el estado al que han llegado los rosacruces mediante el «paraíso terrenal», un nivel superior de conciencia a través del cual se accede al «paraíso celestial», la iluminación total en la que el ser humano deja de serlo, se trasciende a sí mismo y se funde con la divinidad. Entre los taoístas, el equivalente al rosacruz es el «hombre verdadero», mientras que el que alcanza la Liberación total es el «hombre trascendente». Para los sufíes, son «el hombre primordial», el insân el-qadîm, y «el hombre universal», el insân el-kâmil.

«Del macho y de la mujer,  hace un círculo único, de donde surge el cuadrado con los lados muy iguales. Construye sobre él un triángulo, transformado a su turno en esfera muy redonda. Entonces la Piedra ha nacido. Si tu espíritu es lento en captar este misterio, comprende la obra del geómetra y tu sabrás». Emblema XXI, Atalanta Fugiens.
«Del macho y de la mujer, hace un círculo único, de donde surge el cuadrado con los lados muy iguales. Construye sobre él un triángulo, transformado a su turno en esfera muy redonda. Entonces la Piedra ha nacido. Si tu espíritu es lento en captar este misterio, comprende la obra del geómetra y tu sabrás». Emblema XXI, Atalanta Fugiens.

En el Occidente cristiano los «pequeños misterios» se conservaron en las órdenes de caballería, como el Temple, y en los gremios de artesanos, como la masonería, cuyos ritos identifican al hombre ordinario con una piedra vulgar a la que el masón da forma hasta convertirla en la piedra cúbica, el hombre perfecto que ha desarrollado todas sus cualidades. El arte y la ciencia tendrían que ver con los «pequeños misterios». No es extraño entonces la importancia que los rosicrucianos dan a la reforma de las artes y de las ciencias, y especialmente al hermetismo, una doctrina cosmológica procedente de Egipto y que no es sino la ciencia del macrocosmos y del microcosmos. Una aplicación técnica y práctica del hermetismo es la alquimia, el arte de la transmutación, que busca efectos exteriores, pero sobre todo interiores. Es lo que se esconde tras la imagen de la inmortalidad rosacruz. Para Rene Guénon, «los mismos elementos que constituyen el cuerpo pueden ser transmutados o sutilizados de forma que son transferidos a una modalidad extracorporal». De esto hablan los alquimistas y hermetistas cuando se refieren a la inmortalidad y la regeneración que se consiguen con la «piedra filosofal», el «polvo de proyección» o el «elixir de larga vida». Y es que el verdadero laboratorio del alquimista es el ser humano, su cuerpo y su psique; de ahí la importancia que los rosacruces dan a la medicina paracélsica y a la espagiria —la alquimia aplicada al reino vegetal para crear panaceas capaces de regenerar cuerpo y alma—. El alquimista es un aspirante a nombre perfecto, a rosacruz. Éste es pues el secreto último, el de su «longevidad», el de la transmutación a una «modalidad extracorporal» que le permite, entre otras cosas, trascender el espacio y el tiempo. Eso permite al iniciado abrirse a una dimensión desconocida para el hombre ordinario

Ocultos entre nosotros, sin ninguna diferencia aparente que les distinga, y sin embargo poseedores de una visión interior que les desvela la Naturaleza entera, quizá se paseen los «invisibles», los «inmortales» caballeros de la RosaCruz. Quizá usted, amigo lector, conozca alguno sin saberlo. No se moleste; si le pregunta, le dirá que él no lo es.

Por Francisco Javier Arriés.

fuente/MysteryPlanet.com.ar

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