viernes, 1 de marzo de 2013

Hasta el momento hay catalogado 80 modelos de OVNIS.

OVNIS en el Lago Titicaca.


Avistamientos de las naves de la Confederacion en el lago Titicaca.

Hay bases en el lago como en otras partes del planeta, estan camuflados y escondidos al ojo de la civilizacion humana , siempre asido asi, ellos cumplen una mision aqui, y son de seres de muchas civilizaciones que nos visitan ,preparandonos para los grandes acontecimientos mundiales que se avecinan ,estar preparados es hora de despertar para los grandes cambios.

Julia Garcia/ Vía Facebook con la opinión de Gino Renzo Medina

El lago Titicaca es un cuerpo de agua ubicado en la meseta del Collao en los Andes Centrales a una altitud promedio de 3.812 msnm entre los territorios de Bolivia y Perú. Posee un área de 8.562 km² de los cuales el 56% (4.772 km²) corresponden a Perú y el 44% (3.790 km²) a Bolivia y 1.125 km de costa; su profundidad máxima se estima en 281 metros  y se calcula su profundidad media en 107 m. Su nivel es irregular y aumenta durante el verano austral.

 File:SatTiticacaSee-placenames.jpg







Está formado por dos cuerpos de agua separados por el estrecho de Tiquina; el más grande situado al norte es denominado lago Mayor o Chucuito tiene una superficie de 6450 km², estando en esta parte su mayor profundidad (283 m), cerca de la isla Soto. El otro cuerpo más pequeño llamado Menor o Huiñamarca situado al sur tiene una superficie de 2.112 km², con una profundidad máxima de 45 metros.
El lago Titicaca se encuentra entre las cordilleras andinas en una cuenca de alrededor de 58.000 km².3
Es el lago navegable más alto del mundo y ocupa el lugar 19º del mundo por superficie.


OVNI captado sobre Lee County, Florida.


Un joven aficionado filma lo que podría ser una nave nodriza en Texas el dia 26 de febrero del 2013.


El Misterio de Baalbek.

Baalbek (o Balbek) se encuentra en el este del Líbano, en el famoso valle de Beqa’a, entre los ríos Litani y Asi. Se localiza en el cruce de dos rutas comerciales de importancia histórica, una entre el Mediterráneo y la Siria Interior, y la otra entre el norte de Siria y el Norte de Palestina.

Los orígenes de Baalbek son un misterio. Se ha supuesto que inicialmente fue una ciudad fenicia, centro del culto al dios babilónico Baal-Hadad, y su nombre significaría “Ciudad de Baal”; posteriormente, los griegos asimilarían esta deidad a Helios, de ahí que pasara a llamarse Heliópolis. 
 
Sin embargo, no existe ninguna evidencia arqueológica de ese supuesto asentamiento fenicio inicial, y dada la ausencia de referencias en las fuentes históricas de un asentamiento semejante, lo más probable es que éste haya sido o de muy escasa importancia o, mucho más probablemente, inexistente. 
 
El nombre “Baalbek” no denota una inconmensurable antigüedad. Ni se usó durante la época romana, ni existe evidencia de que se haya utilizado alguna vez con anterioridad a ésta. No parece muy probable que el sitio comenzara a llamarse “Baalbek” en honor a un Baal cualquiera en tiempos posteriores, pues para entonces la región ya se había cristianizado, para ser más tarde sometida por el Islam.

La famosa terraza de Baalbek es una de las principales bazas de los defensores de la hipótesis de los “Antiguos Astronautas“, según la cual, en un pasado lejano, habitantes de otros mundos habrían visitado la Tierra. Esos navegantes de los espacios interestelares habrían dejado como prueba de su paso mitos dispersos y edificios inexplicables.

La Gran Terraza es una plataforma construida con las mayores piedras talladas conocidas, bloques megalíticos que fueron cortados con gran precisión y colocados para formar unos fundamentos de 460.000 metros cuadrados de superficie. 
 
En esta plataforma se encuentran los tres colosales bloques conocidos como el Trilithon, cada uno de los cuales mide casi 20 metros de largo, con una altura de aproximadamente 4 metros y un ancho de 3. El peso de cada uno de esos monolitos monstruosos se ha estimado entre mil y dos mil toneladas; son de granito rojo, y fueron extraídos de la cantera a más de un kilómetro de distancia, valle abajo respecto a la construcción.


Aún es más extraordinario el hecho de que en la cantera haya quedado un bloque aún mayor, conocido por los árabes como Hajar el Gouble, o Piedra del Sur.
En 1851, el estudioso francés Louis Felicien de Saulcy, quien más tarde realizaría una de las primeras excavaciones sistemáticas de Jerusalén, permaneció en Baalbek dos días, del 16 al 18 de mayo, y se convenció de que el basamento de la Gran Terraza eran los restos de un templo prerromano; dejó sentada esta opinión en su libro “Voyage autour de la Mer Morte” (“Viaje alrededor del Mar Muerto”) que data de 1864.

La hipótesis del origen extraterrestre de la terraza de Baalbek aún tardaría en llegar. El primero en exponerla fue el físico bielorruso Matest M. Agrest, en 1959. Agrest es considerado como el primer científico en avanzar la hipótesis de que la Tierra fue visitada en tiempos prehistóricos por inteligencias venidas del espacio exterior; su famoso artículo “Astronautas de la Antigüedad” (Kosmonauty Drevnosty) se publicó en 1961. 
 
En sus hipótesis, Agrest le da una gran importancia a la historia bíblica de Enoch , y a la oscura referencia del Génesis que habla de los Nefilin . Propuso, asimismo, que las tectitas son prueba de esas visitas extraterrestres y que lo que realmente ocurrió en Sodoma y Gomorra fue una explosión nuclear. 
 
Para Agrest, la Gran Terraza habría sido una pista de aterrizaje para los cosmonautas de la antigüedad. Curiosamente, la única fuente de información de Agrest respecto a Baalbek parece haber sido un indefinido libro publicado en París en 1898.

La hipótesis de Agrest respecto a Baalbek en particular, y a los “antiguos astronautas” en general, hizo escuela. Zacharia Sitchin y Däniken siguen también esta misma línea. Las innumerables toneladas de los bloques de Baalbek parecen ser tan fascinantes que existen autores que no se resisten a mencionarlas, aunque no tengan nada que ver con el tema del que están tratando; por ejemplo, Charles Berlitz, quien en medio de un catálogo de maravillas que aparece en su magna obra “El Triángulo de las Bermudas” menciona “las enormes piedras de las fundaciones del templo de Júpiter, en Baalbek, Siria, emplazadas allí mucho antes de la construcción del templo y una de las cuales pesa 2.000 toneladas”. Por cierto, en la actualidad Baalbek no queda en Siria, sino en el Líbano, pero pasémosle por alto este pequeño lapsus.

Es de hacer notar que las especulaciones que atribuyen la Terraza de Baalbek a la acción de los “antiguos astronautas” parten de dos supuestos básicos: que la plataforma fue construida en un pasado muy remoto, mucho antes de los templos que la coronan, que el peso de los grandes bloques supera la capacidad de transporte de la tecnología humana de la época en que se levantó la plataforma (¡y aún en el día de hoy!). Pero ¿son ciertas estas suposiciones? Si seguimos al pie de la letra la leyenda, tal y como se repite una y otra vez, sólo podemos concluir que las ruinas de Baalbek son simplemente imposibles e inexplicables, un misterio sin solución humana.

En los años 1904 – 1905 una expedición alemana realizó la primera excavación sistemática en las ruinas de Baalbek. Los arqueólogos alemanes excavaron a través de la plataforma y realizaron hallazgos muy interesantes. La aparentemente sólida terraza está construida de sólidos megalitos únicamente en sus muros externos. En el interior, bajo el foro, encontraron un laberinto de cámaras rellenas de escombros compactados, con paredes de ladrillo en la típica forma romana de panal; debajo de todo esto, el lecho de roca sólida. En resumen, sólo albañilería y restos romanos. Los cimientos de los templos están fundamentados en el lecho de rocas para poder soportar su peso, ya que la plataforma simplemente se hundiría si descansaran sobre ella. Las paredes megalíticas son en realidad un muro de contención en declive.

Del supuesto asentamiento fenicio previo no se encontraron restos, ni tampoco de ningún otro de una inconmensurable antigüedad. Mucho menos, restos de equipos de láser, pilas de fusión atómica o motores de plasma.

Uno de los recursos más efectivos e impresionantes de los que se sirvieron los ingenieros y arquitectos romanos fue la creación de masivas plataformas en terrazas para soportar grandes edificios o grupos de ellos. 
 
Esta idea venía de Grecia, pero fueron los romanos quienes lograron desarrollar todas las ventajas estructurales de construir masivas subestructuras para explotar el potencial funcional de lugares geográficamente accidentados. Ejemplos de estas terrazas se han encontrado en Tiddis (África del Norte), Terracina (Italia), Praeneste (Palestina), y muchos otros sitios.

La conclusión, por extraño que parezca, es que, de acuerdo a los datos disponibles, el emplazamiento es de origen romano. Ni fenicio, ni extraterrestre. Y en cualquier caso, como pista de aterrizaje hubiera resultado francamente deficiente, pues cualquier nave espacial de regular peso hubiera hundido el pavimento.

¿Y los bloques del famoso Trilithon? ¿Cómo es posible que hayan sido desplazados desde la cantera hasta su posición final en la plataforma, por los romanos o por quien fuera?


Aquí son necesarias algunas precisiones. La primera: los bloques no son tan pesados como suelen afirmar los divulgadores de la hipótesis de los “antiguos astronautas”. Ya vimos que von Daeniken les atribuye “casi 2.000 toneladas” y “20 metros de lado”; esto último hace pensar de inmediato en un monstruoso cubo, pero en realidad se trata de “aproximadamente 20 metros de largo”, ya que cada megalito tiene forma de paralelogramo. Berlitz sigue a von Daeniken en el dislate, y habla también de “2.000 toneladas”. Puestos a fantasear, no falta quien les atribuya “millones de toneladas”. Todo esto hace sospechar que existe mucha gente que habla del tema sin molestarse en hacer algunas comprobaciones elementales, para las cuales no es necesario viajar a Baalbek ni excavar en la plataforma. Todo lo que se requiere es conocer la densidad del granito, las dimensiones de los bloques y una modesta calculadora de mano.

La densidad del granito, dependiendo de su tipo, varía entre 2,63 y 2,75 g/cm3. Respecto a las dimensiones de los bloques, no hay dos fuentes que den las mismas medidas; sin embargo, todas coinciden en que ninguno llega a los 20 metros de largo. Según parece, el mayor de los megalitos del Trilithon mide 19,80 por 4 por 3,6 metros. Esto daría un volumen de 285,12 m3. Asumiendo que la densidad de la piedra es de 2,75 g/cm3, el peso del bloque sería de 784,08 toneladas. Por debajo de las 800 toneladas y muy lejos de las 2.000 que Daeniken y Berlitz citan tan alegremente. Por supuesto, en este cálculo casero pueden haberse filtrado varios errores: las piedras pueden tener unas dimensiones reales un poco mayores (¡o menores!) que las mencionadas; la densidad del granito puede ser menor que 2,75 g/cm3 (intencionalmente he usado el valor mayor que he encontrado y no el menor); en la conversión de pies a metros siempre se pierden algunos decimales. De hecho, existen estimaciones aún más moderadas y probablemente más precisas, en torno a las 600 toneladas, y en todo caso, siempre por debajo de las 800.


En cuanto a la piedra más pesada, la llamada “Piedra del Sur” (otras fuentes le dan el nombre de “Piedra de la Mujer Preñada”), esta sí pesa más de 1.000 toneladas. Mide nada menos que 21,31 metros de largo, por 4,08 por 4,72, para un volumen de algo más de 410 m3. Diversas estimaciones le atribuyen un peso entre 1.050 y 1.200 toneladas (mi cálculo casero da aproximadamente 1.127 toneladas). Aunque estamos aún muy lejos de las “2.000 toneladas”, de todas formas resulta impresionante. Salvo por un detalle, que siempre se menciona de pasada y sin darle mayor importancia: este fenomenal pedrusco no llegó a salir de la cantera, por lo que de ningún modo se puede hacer un misterio de su transporte, ya que simplemente no fue transportado a ninguna parte. ¿Por qué dejaron los ingenieros romanos este monstruo en la cantera? A este respecto, y a falta de documentos, sólo se pueden aventurar hipótesis: quizás cometieron un error de cálculo y se encontraron con que habían tallado un bloque demasiado grande y que luego les fue imposible mover, o quizás modificaron el proyecto de la obra, o… En cualquier caso, la misma pregunta habría que hacérsela a los que le atribuyen el bloque a la tecnología alienígena.

Sigamos con las precisiones. La cantera de donde se extrajeron los famosos bloques no se encuentra “valle abajo” respecto a la construcción; se encuentra entre 10 y 15 metros por encima de ella. La cantera está a 1.160 metros de altura y el templo a unos 1.145. Indudablemente siempre resultará más fácil transportar una gran masa cuesta abajo que cuesta arriba. Por otra parte, la cantera se encuentra a sólo 600 metros de la plataforma, aunque al tener que sortear una zanja, la distancia a recorrer se alarga hasta unos 1.100 metros.

Sin embargo, podría parecer que aunque algo minimizado, el misterio aún persiste. ¿Tenían los romanos la capacidad técnica para movilizar bloques de semejante peso, aunque fuera en una distancia relativamente corta?

Los ingenieros romanos fueron expertos en la movilización de bloques pétreos de gran tamaño, incluso en condiciones mucho más difíciles que las que pudieran haberse dado en Baalbek, donde la cantera se encontraba relativamente próxima. Durante la época imperial, muchos obeliscos egipcios fueron transportados desde sus emplazamientos de origen hasta la península itálica; al menos una docena de éstos fueron erigidos de nuevo en Roma misma. Entre éstos el que actualmente se encuentra en la plaza de San Juan de Letrán, erigido inicialmente por Tutmosis III en Karnak, hacia el siglo XV a.C. Su altura es de 32 metros, los lados de la base miden 2,70 y los de la cúspide 1,88.

Durante el reinado de Teodosio I (379-395), otro obelisco procedente de Karnak fue colocado en la “spina” del hipódromo de Constantinopla. Los detalles al respecto se conocen a través de la obra del historiador bizantino Marcelino Comes (siglo VI d.C.) y por las inscripciones en el plinto de mármol de seis metros de alto sobre el que fue erigido. Este obelisco mide 19,59 metros de altura. Los relieves de la cara norte del plinto muestran escenas de la erección del monumento, bajo la vigilancia atenta del Emperador. Estos relieves son un valioso registro de las técnicas de la época.

El obelisco tuvo que ser trasladado una distancia de alrededor de tres kilómetros en subida desde el nivel del mar hasta su emplazamiento final en el hipódromo, mientras que en Baalbek la distancia fue bastante menor y cuesta abajo. Para realizar el trabajo, los romanos no dependían de la pura fuerza bruta de un ejército de esclavos tirando al unísono a una orden del capataz, sino que empleaban máquinas diseñadas ex profeso. Una de las novedades tecnológicas introducidas por los ingenieros romanos fue el amplio uso del movimiento rotatorio; por ejemplo, el uso de grúas potenciadas por norias. Para el traslado de bloques de gran peso, utilizaban malacates, en los que el movimiento rotatorio se transformaba en tracción.


El transporte del obelisco de Teodosio se logró al parecer con doce malacates, manejado cada uno por veinticuatro hombres.

Los malacates eran colocados en postes enterrados en el suelo a los lados de la vía de transporte, en dos hileras paralelas, a ambos lados del bloque a desplazar; cada malacate se ubicaba a cinco metros del siguiente. Cada una de las parejas de malacates de cada lado tenían un ángulo diferente para halar el peso. Cuando el ángulo de dos de los malacates era impracticable, los malacates se desmontaban y se colocaban más adelante. Por supuesto, el transporte era lento (se ha estimado en unos 30 metros diarios), por la necesidad de desmontar y volver a montar las máquinas cada pocos metros para aprovechar mejor la fuerza. Sin embargo, en vista de que en Baalbek se movieron varios bloques, es posible que los malacates se hayan armado en forma de callejón sin llegar a desmontarlos, para utilizarlos con los bloques sucesivos. El traslado de cada bloque hubiera sido así algo más rápido.

Sin la menor duda, la construcción de Baalbek fue una verdadera hazaña. Pero una hazaña humana, no el producto de alguna privilegiada mente extraterrestre. Si bien no ha alcanzado aún, ni quizás alcance nunca, la fama de la Gran Pirámide, Baalbek sigue siendo una referencia ineludible a la hora de especular sobre viajeros procedentes del espacio exterior. En rigor, su misterio ni siquiera debiera haber nacido, pues ya en 1905 no era misterio. Y sin embargo, la misma historia sigue repitiéndos.

fuente/Mundos Paralelos

jueves, 28 de febrero de 2013

Otro hecho insólito y anómalo. Delfínes, ballenas, peces, orcas y ahora rayas. ¿ Qué está pasando?

Hasta 220 rayas han aparecido misteriosamente varadas en Gaza, en un hecho todavía más extraño puesto que hacía seis años que no se veía al pez en esta costa.



Para ver más imágenes de este nuevo " varamiento" clicar AQUÍ

En un informativo de televisión sobre un accidente de tráfico se pudo ver lo siguiente....

Una prueba evidente de que "alguienes" ayudaron y evitaron una catástrofe en los Urales, Rusia. Vean como es interceptado sutilmente el meteorito.



Imágenes del ataque y resistencia de los " Últimos dias de Berlín" durante la Segunda Guerra Mundial. La Batalla definitiva en Europa.

"Hombrecillos verdes" y estrellas de neutrones, la historia de lo que pudo ser el primer contacto con extraterrestres.

Telescopio construido por Bell y Hewish con el que se descubrieron los primeros púlsares / Graham Woan

En 1967, una extraña señal de radio procedente del espacio exterior hizo que durante unas semanas se plantease la posibilidad de que se había contactado con alienígenas.

En el invierno de 1967, un grupo de investigadores de la Universidad de Cambridge se enfrentó por primera vez a la posibilidad de un contacto con extraterrestres. Jocelyn Bell, una joven estudiante de doctorado, llevaba varias semanas observando el cielo con un gran radiotelescopio diseñado por su mentor, Anthony Hewish. El instrumento, una plantación de dos hectáreas de varas unidas entre sí por cables, debía permitir comprender mejor la naturaleza de algunos misteriosos fenómenos cósmicos, como los recién descubiertos quásares. Un día de agosto de 1967, Bell observó una señal extraña, que no parecía una de las frecuentes interferencias que producían las fuentes de radio terrestres ni ninguna de las señales provenientes del universo que se conocían. Tras unas semanas de estudio, descubrió que aquel titileo reaparecía cuando se orientaba el telescopio en una dirección particular.

La fuente vibraba con una celeridad infrecuente, más propia de una señal artificial que de los objetos naturales conocidos. “La posibilidad de que las señales proviniesen de alguna civilización inteligente en el universo no se descartó, de ahí el desafortunado apodo de los hombrecitos verdes”, escribió un tiempo después Bell en su tesis doctoral. Pese a lo excitante de la posibilidad de haber encontrado vida alienígena, la investigadora veía en aquellos hombrecitos verdes un obstáculo que retrasaría su ansiado doctorado.

John Pilkintong, tercer autor del artículo en el que se explicaba el descubrimiento de aquella señal, también reconoce que la hipótesis extraterrestre se mantuvo durante un tiempo. “Estábamos utilizando los recursos que teníamos para examinar una señal débil y poco fiable que podría haber sido una interferencia, un fallo del instrumento, un fenómeno natural desconocido hasta ahora o LGM (de las siglas en inglés de pequeños hombres verdes). Los LGM siempre fueron una posibilidad, con unas implicaciones tremendas, pero nunca dirigieron la investigación”, afirma.

El escepticismo respecto a la hipótesis extraterrestre era importante pero, según explica Alan Penny, de la Universidad de San Andrés (Reino Unido), en un artículo reciente sobre aquel suceso publicado en arXiv.org, tras un nuevo examen de las señales el 28 de noviembre la posibilidad cobró fuerza. La brevedad de los pulsos y su regularidad nunca se habían observado en la naturaleza. Además, su fuerza variaba y en ocasiones desaparecían durante largos periodos, algo extraño en una fuente astronómica. Poco después, a principios de diciembre, Pilkington descubrió que la señal solo se encontraba en una frecuencia de banda muy estrecha con un comportamiento que recordaba a los radares militares. En 1968, Martin Ryle, director del Observatorio Radioastronómico Mullard, donde se encontraba el telescopio de Bell y Hewish, reconoció que su primera idea “era que otros seres inteligentes estaban tratando de establecer contacto con nosotros”.

En su conferencia de aceptación del Nobel en 1975, Hewish también reconoció que se plantearon seriamente la posibilidad de que la señal fuese alienígena. “Teníamos que afrontar la posibilidad de que las señales eran generadas en un planeta orbitando en torno a alguna estrella lejana, y que eran artificiales”, afirmó. Para alivio de Bell, el 21 de diciembre la investigadora encontró una segunda fuente de ondas de radio similares que empezaba a alejar la posibilidad de que se tratase de una señal enviada por seres inteligentes. El hecho de que el titileo tampoco procediese de un planeta girando en torno a una estrella también apoyaba la hipótesis de que el origen fuese natural. Bell podría regresar a casa por Navidad con su tesis amarrada y ajena a todo el revuelo que se habría armado si los hombrecitos verdes hubiesen sido reales.

La explicación para aquella extraña señal que Bell observó por primera vez en agosto de 1967 fue finalmente una estrella de neutrones. Este tipo de estrellas, que entonces solo existían en la teoría, son los cadáveres de estrellas muertas, hundidas bajo la presión de su propia gravedad cuando la fuerza expansiva de sus reacciones nucleares desaparece al agotarse su combustible. Estas estrellas, que conservan una enorme atracción gravitatoria, no suelen superar los diez kilómetros de diámetro y vibran de una forma veloz y estable que las asemeja a algunas señales artificiales. El artículo del descubrimiento de los pulsares se publicó en Nature el 24 de febrero de 1968 y en 1975 Hewish recibió junto a Ryle el premio Nobel de física. En una decisión controvertida, el comité de los premios de la academia sueca no reconoció el trabajo de Bell.

Qué hacer ante un contacto con alienígenas.

Ahora, muchos años después, los protagonistas de aquella historia, frente a lo que indican los testimonios recogidos por Penny de los meses en los que tuvo lugar el hallazgo, afirman que la hipótesis de los hombrecitos verdes fue solo una broma interna. Seth Shostak, del instituto SETI para la búsqueda de inteligencia extraterrestre, también cree que la posibilidad de haber encontrado una señal de una civilización alienígena nunca fue tomada muy en serio. Se tomase más o menos en serio, aquel incidente impulsó el desarrollo de un protocolo de actuación en caso de descubrir un mensaje interestelar de seres inteligentes. La cautela para confirmar el origen de una señal con consecuencias tan enormes y la comunicación transparente y ordenada de la noticia son las claves del documento, pero Shostak cree poco probable que sea realista. “Hay mucha gente trabajando en esto, hay filtraciones, y cada vez que tenemos un indicio de una posible señal extraterrestre, y hemos tenido cientos, tenemos encima a los medios de comunicación”, explica.


Un segundo protocolo, atascado desde hace cuatro años en la Unión Astronómica Internacional por problemas burocráticos y quizá aún más importante que el anterior, es el acuerdo sobre qué hacer después del contacto. La posibilidad de responder inmediatamente ha sido rechazada por muchos como una temeridad. Revelar nuestra posición a una civilización expansionista podría suponer una ocupación extraterrestre inmediata, dicen. Críticas de este tipo son las que recibió Frank Drake, del instituto SETI, cuando en 1974 lanzó un mensaje hacia el espacio profundo desde el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico. Shostak no descarta que ese tipo de señales puedan ser utilizadas por potenciales invasores, pero cree que poco se puede hacer. “Es demasiado tarde para preocuparse por este tipo de cosas”, señala. “Las señales de radio que producimos como civilización ya se han lanzado y viajan a la velocidad de la luz por el espacio, donde sociedades poco más avanzadas que la nuestra podrán detectarlas”, añade. “Hacia el siglo XXIII estas señales de nuestra existencia habrán llegado a millones de sistemas solares”, concluye.

Autor/Daniel Mediavilla
Ha escrito sobre ciencia en ABC y en Público. También fui asesor del secretario de Estado de Investigación.
fuente/esmateria.com