12 septiembre 2015

Extracto del libro EL EFECTO ISAÍAS



Por Gregg Braden y Alejandro Ariza.

La ciencia cuántica sugiere la existencia de muchos futuros posibles para cada momento de nuestra vida. Cada futuro se encuentra en un estado latente hasta que lo despertamos gracias a las elecciones que realizamos en el presente.
Un rollo de dos mil años de antigüedad con un texto escrito por el profeta Isaías describe precisamente dichas posibilidades en un lenguaje que tan sólo estamos empezando a comprender. Además de compartir sus visiones de nuestro tiempo, Isaías describió la ciencia de cómo elegir qué futuro experimentar. Cada vez que lo hacemos, experimentamos el efecto Isaías.
Las antiguas tradiciones nos recuerdan que hemos venido a este mundo por una razón que está por encima de cualquier otra. Estamos aquí para amar y hallar un amor aún mayor que trasciende cualquier otra forma de amor conocida por los ángeles celestiales.
Este libro está dedicado a nuestra búsqueda del amor y al recuerdo de nuestro poder para traer el Cielo a la Tierra.


Comienzos:
Escuché con atención lo que decía la voz de la radio para asegurarme de que lo había oído bien. No estaba familiarizado con el salpicadero de la nueva furgoneta que había alquilado hacía sólo unos días y los indicadores luminosos me resultaban extraños.
Torpemente manejé el control de volumen de la radio para ahogar el rugido de un incesante viento de costado que era el preludio de una tormenta de invierno visible desde la puesta del sol. Hasta donde podía divisar desde la carretera nacional, sólo se insinuaba el reflejo de luces distantes en las nubes bajas que tenía por encima. Al estirarme para ajustar el espejo retrovisor, mis ojos siguieron el asfalto que acabábamos de recorrer hasta desaparecer en la oscuridad que nos rodeaba. No había ningún resplandor de luces
delanteras que anunciara la llegada de algún otro coche. Estábamos solos, completamente solos, en esa autopista del norte de Colorado. Al mismo tiempo me preguntaba cuántas personas, en sus hogares o coches, estarían oyendo lo que yo estaba escuchando de boca del locutor.

El moderador estaba entrevistando a un invitado, le pedía que compartiera su visión del final del presente milenio y del nacimiento del siglo XXI. Al invitado, un respetado escritor y educador, se le solicitó que expresara qué futuro veía para la humanidad en los próximos dos o tres años. La radio crepitó brevemente mientras sus palabras describían un futuro inmediato inestable. Con autoridad y seguridad, habló de su visión de un inevitable colapso finisecular de las tecnologías globales, especialmente de las basadas en la informática. Mientras desarrollaba el escenario del peor de los casos, emergía un futuro donde los elementos básicos de la vida escasearían, o quizá se agotarían, durante meses o años.

Citó limitaciones en el abastecimiento de electricidad, agua, gas natural, comida, y la pérdida de las comunicaciones como los primeros signos de la disolución de los Gobiernos locales y nacionales. El invitado siguió especulando sobre una época en nuestro previsible futuro en que las leyes nacionales quedarían suspendidas y se habría de imponer la ley marcial para mantener el orden. Además de esas temibles condiciones, citó la creciente amenaza de enfermedades incontrolables y la posibilidad de una tercera guerra mundial con armas de destrucción masiva, todo lo cual conduciría a la pérdida de casi dos tercios de la población mundial, aproximadamente cuatro mil millones de personas, en un plazo de tres años.

Por cierto que anteriormente ya había escuchado este tipo de presagios. Desde las visiones de los profetas bíblicos hasta las profecías de Nostradamus y Edgar Cayce, en los siglos xvi y xx respectivamente, el aumento del nivel del mar, la formación de grandes mares interiores y catastróficos terremotos han sido temas constantes en las predicciones para el cierre del segundo milenio. Esa noche hubo algo diferente.

Quizá fuera porque me sentía solo en la autopista. Quizá porque sabía que había muchas otras personas que estaban escuchando el mismo mensaje, la autoritaria voz de un invitado invisible que llegaba hasta sus hogares, oficinas y automóviles. Me encontré inmerso en una gama de experiencias que variaban desde intensos sentimientos de desesperanza y lágrimas de profunda tristeza hasta brotes de ira y rabia igualmente poderosos.

«¡No!», empecé a gritar. «¡No, no tiene por qué ser como lo describes! Nuestro futuro todavía no ha llegado. Todavía se está formando y aún estamos eligiendo el resultado. » Tras subir a la cumbre de una colina, empecé a descender hacia un valle y se perdió la recepción. La última parte de la entrevista que escuché era que el invitado aconsejaba a las personas que «huyeran hacia las montañas» y que se prepararan para la larga espera. Para aquellos que vivían sumidos en la pobreza, al margen de la sociedad o inconscientes de los acontecimientos que estaban dando forma a nuestro futuro, el invitado les dio un consejo compuesto por cuatro palabras: «¡Que Dios los ayude!».
Aunque las voces de la radio se distorsionaban y desaparecían, el impacto de sus palabras permanecía.

Traigo aquí esta historia porque la perspectiva que se transmitió a través de las ondas de radio esa noche fue precisamente eso: una perspectiva, no una seguridad sobre lo que nos espera en el futuro. Además de describir escenas de tragedia y desesperación, los antiguos profetas previeron futuros igualmente viables de paz, cooperación y de gran salud para los habitantes de la Tierra. En unos extraños manuscritos con más de dos mil años de antigüedad, dejaron los secretos de una ciencia perdida que nos permite trascender las profecías catastróficas, las predicciones y los grandes retos de la vida.


A simple vista, la ciencia que hay codificada en esos peculiares documentos puede sonar a ficción, o al menos al tema de una película futurista. Contemplados con los ojos de la física del siglo xx, sin embargo, los principios que contienen estos antiguos textos aclaran y ofrecen nuevas posibilidades sobre nuestra función en la dirección del rumbo de este momento en la historia. Los desgastados fragmentos de estos textos describen una ciencia perdida que tiene el poder de acabar con todas las guerras, enfermedades y sufrimientos; iniciar una era de paz y cooperación sin precedentes entre Gobiernos y naciones; hacer que los fenómenos climáticos destructivos sean inofensivos; aportar una curación definitiva para nuestros cuerpos, y redefinir las antiguas profecías de devastación y catastróficas pérdidas humanas.

Los últimos desarrollos en la física cuántica apoyan precisamente tales principios y aportan nueva credibilidad al papel de la oración masiva y a las antiguas profecías. Vi por primera vez los indicios de esta sabiduría de poder en las traducciones de los textos arameos escritos unos quinientos años antes de la era cristiana. Los mismos textos afirmaban que durante el siglo I de nuestra era escritos de tradiciones secretas fueron transportados desde la

tierra natal de sus autores en Oriente Próximo hasta las montañas de Asia para protegerlos. En la primavera de 1998, tuve la oportunidad de organizar un grupo de veintidós personas para hacer una peregrinación a las altas montañas del Tíbet central, a fin de presenciar y confirmar las tradiciones a las que hacían referencia estos textos con dos mil años de antigüedad. Junto a la investigación a gran escala que se está realizando en ciudades occidentales, nuestro viaje aporta nueva credibilidad a estos antiguos recordatorios sobre nuestro poder para acabar con el sufrimiento de innumerables personas, evitar una tercera guerra mundial y alimentar a todos los niños, mujeres y hombres que están hoy con vida, así como a las generaciones futuras. Sólo tras ascender a los monasterios, localizar las bibliotecas y presenciar las antiguas prácticas que han llegado hasta nuestros días, puedo compartir con seguridad la agudeza de tales tradiciones.

Mientras la ciencia moderna sigue verificando la relación entre los mundos interior y exterior, es cada vez más probable que un puente olvidado vincule el mundo de nuestras oraciones con el de nuestra experiencia. Quizás este vínculo represente lo mejor que toda esa ciencia, religión y mística puede ofrecer, llevado hasta niveles nuevos que nunca antes nos hubieran parecido posibles. La belleza de esa tecnología interior estriba en que se basa en las cualidades humanas que ya poseemos. Se nos invita a que sencillamente recordemos, en la comodidad de nuestros propios hogares y sin que exista expresión externa científica o filosófica.

Al hacerlo transmitimos, a nuestras familias, comunidades y seres queridos, el poder de un mensaje de vida y esperanza que procede de tiempos inmemoriales. Los profetas que nos vieron en sus sueños, nos recuerdan que, al honrar a toda forma de vida, estamos consiguiendo nada más y nada menos que la supervivencia de nuestra especie y garantizar el futuro del único hogar que conocemos.
Introducción

¿Es posible que exista una ciencia perdida que nos ayude a trascender temas como la guerra, la destrucción y el sufrimiento predichos hace tanto tiempo para nuestra época actual? ¿Cabe la posibilidad de que en alguna parte de las neblinas de nuestra antigua memoria colectiva hubiera tenido lugar algún acontecimiento que provocara un vacío en nuestra comprensión sobre cómo relacionarnos con nuestro mundo y entre nosotros?

De ser así, ¿sería posible que, de salvar ese obstáculo, se pudieran evitar las grandes tragedias a las que se ha de enfrentar la humanidad? Textos de dos mil quinientos años de antigüedad, así como la ciencia moderna, sugieren que la respuesta a estas preguntas y a otras similares es un rotundo « ¡sí! ». Además, en el lenguaje de sus tiempos, los que vivieron antes que nosotros nos recuerdan dos poderosas técnicas que están en relación directa con nuestra vida actual. La primera es la ciencia dé la profecía, que nos permite ser testigos de las consecuencias futuras de nuestras elecciones del presente. La segunda es la sofisticada técnica de la oración, que nos permite elegir qué profecía futura vamos a vivir.

Los secretos de nuestras ciencias perdidas parecen haber sido abiertamente compartidos por sociedades y tradiciones antiguas. Los últimos vestigios de esta poderosa sabiduría en la tradición occidental se perdieron al desaparecer textos muy valiosos en el siglo iv. Fue en el año 325, cuando los elementos clave de nuestra antigua herencia fueron apartados de la población general y quedaron relegados a las tradiciones esotéricas de escuelas de misterio, a sacerdotes de elite y a las órdenes sagradas.

A los ojos de la ciencia moderna, las recientes traducciones de textos como los manuscritos del mar Muerto y las bibliotecas gnósticas de Egipto han abierto las puertas a aquellas posibilidades que se dejaban entrever en los cuentos populares y de hadas antiguos y han supuesto un nuevo despertar para las mismas. Ahora, después de dos mil años de haber sido escritos, podemos ratificar el poder de una fuerza que mora en nuestro interior, un poder muy real que tiene la capacidad de acabar con el sufrimiento y traer paz duradera al mundo.

Los autores antiguos nos legaron su poderoso mensaje de esperanza descrito con las palabras de su tiempo. Las visiones del profeta Isaías, por ejemplo, fueron registradas más de quinientos años antes del nacimiento de Cristo. El rollo de Isaías, el único manuscrito descubierto intacto entre los manuscritos del mar Muerto en 1946, desplegado y montado sobre un cilindro vertical, está expuesto en el Santuario del Museo del Libro de Jerusalén.

La exposición, considerada como insustituible, está protegida por un sistema diseñado para que la estancia se convierta en una cámara acorazada sellada con puertas de acero a fin de conservar el rollo para las generaciones futuras, en el supuesto de que se produjera un ataque nuclear. La antigüedad del rollo de Isaías, su integridad y el propio texto ofrecen una oportunidad única para considerarlo como representativo de las muchas profecías proferidas para nuestro tiempo. Aparte de los detalles de los acontecimientos concretos, la visión generalizada de las antiguas predicciones revela el trasfondo de un tema común. En todas las visiones de nuestro futuro, las profecías siguen un patrón claro: descripciones de catástrofes, inmediatamente seguidas de una visión de vida, dicha y esperanza.


En el manuscrito conocido más antiguo de este tipo, Isaías comienza su visión de posibles futuros, con la descripción de una época de destrucción global de una magnitud nunca vista. Describe su ominoso momento como una época en que «enteramente arruinada quedará la Tierra, totalmente devastada» (Is. 24,3). Su visión de una época que aún había de llegar se parece mucho a las descripciones de muchas otras profecías de distintas tradiciones, incluidas las de los nativos americanos hopi y navajo, así como las de los mayas de México y Guatemala.


Sin embargo, en los versos que vienen a continuación de la descripción de devastación de Isaías, su visión cambia espectacularmente a un escenario de paz y salud: «Porque las aguas rebosarán en el desierto, arroyos en la estepa... Y la ardiente arena se convertirá en estanque, y el sequedal en manantiales de agua» (Is. 35, 6-7).
Además, Isaías dice que «en aquel tiempo los sordos oirán las palabras del libro, y los ojos de los ciegos verán desde la oscuridad y sin tinieblas» (ib., 29,18).


Durante casi veinticinco siglos, los eruditos han interpretado principalmente estas visiones como una descripción de acontecimientos que se esperaba que ocurrieran justamente en el orden en que son descritos en el rollo de Isaías: en primer lugar la tribulación de la destrucción, seguida de una etapa de paz y salud. ¿Es posible que estas visiones de otros tiempos tuvieran otro significado? ¿Podrían las introspecciones de los profetas reflejar las habilidades de expertos maestros que se introducían entre los mundos de posibles futuros y registraban sus experiencias para las generaciones futuras?

De ser así, los detalles de sus viajes podrían ofrecernos importantes claves para descifrar un tiempo que está por llegar.
Los antiguos profetas, al igual que las creencias de los físicos del siglo xx, vieron el tiempo y el curso de nuestra historia como una senda que puede recorrerse en dos direcciones: hacia atrás así como hacia delante. Reconocieron que sus visiones tan sólo reflejaban posibilidades para un momento dado en el tiempo, más que acontecimientos que sucederían con toda certeza, y cada posibilidad se basaba en las condiciones existentes en el momento de la profecía. Cuando estas cambiaran, el cambio se vería reflejado en el resultado de cada profecía. Una visión de guerra de un profeta, por ejemplo, se podía ver como un futuro seguro sólo si no se ponía fin a las circunstancias sociales, políticas y militares en el momento de la profecía.

Esta misma línea de razonamiento nos recuerda que, cambiando nuestra forma de actuar en el presente -aunque, a veces, ello suponga sólo un pequeño cambio-, podemos cambiar todo el curso de nuestro futuro. Este principio se aplica tanto a circunstancias individuales, como la salud y las relaciones, como al bienestar general del mundo. En el caso de una guerra, la ciencia de la profecía puede permitir a un visionario proyectar su visión a un tiempo futuro y alertar a las personas de su tiempo de las consecuencias de sus acciones. De hecho, muchas profecías van acompañadas de reiteradas súplicas de cambio en un intento de evitar que suceda lo que los profetas han visto.

Las visiones proféticas de posibilidades lejanas a menudo nos recuerdan la analogía de los caminos paralelos, sendas posibles que se introducen tanto en el futuro como en el pasado. De tanto en tanto los cursos de los caminos parecen desviarse, haciendo que uno se acerque a su vecino. Es en estos puntos donde los antiguos profetas creían que los velos entre los mundos eran muy finos. Cuanto más finos estos, más fácil era elegir nuevas vías para el futuro, saltando de un camino a otro.


Los científicos modernos se toman muy en serio estas posibilidades, y han creado nombres para estos acontecimientos, así como para los lugares donde los mundos se conectan. Mediante expresiones como «ondas del tiempo», «resultados cuánticos» y «puntos de elección», profecías como las de Isaías adquieren poderosos y nuevos significados. En lugar de ser pronósticos de acontecimientos que se prevén para un día en el futuro, son destellos de las posibles consecuencias de las decisiones que tomamos en el presente. Tales descripciones suelen recordarnos un gran simulador cósmico, que nos permite ser testigos de los efectos de nuestras acciones a largo plazo.

Sorprendentemente, a semejanza de los principios cuánticos que sugieren que el tiempo es una colección de resultados maleables y diversos, Isaías da un paso más, recordándonos que las posibilidades de nuestro futuro vienen determinadas por elecciones colectivas realizadas en el presente. Al compartir muchos individuos una opción común, amplían el efecto y aceleran el resultado. Algunos de los ejemplos más claros de este principio cuántico pueden observarse en las oraciones masivas para que se produzcan milagros; de pronto se salta de una situación futura a experimentar otra. A principios de los ochenta, los efectos de la oración con una finalidad fueron documentados mediante experimentos controlados en zonas urbanas con un alto índice de criminalidad.23 A través de estos estudios, el efecto localizado de la oración ha sido muy bien documentado en publicaciones para todos los públicos. ¿Pueden aplicarse los mismos principios a zonas más amplias, quizás a escala global?

El viernes 13 de noviembre de 1998, se puso en práctica una oración masiva en todo el mundo, como una opción para la paz en una época en que había una escalada de tensión política en muchas partes del mundo. Concretamente, ese día era la fecha límite impuesta a Iraq para cumplir con las exigencias de las Naciones Unidas respecto a las inspecciones de armamento. Tras meses de negociaciones sin éxito para acceder a los lugares clave, las naciones de Occidente habían dejado claro que el incumplimiento por parte de Iraq daría como resultado una campaña de bombardeo masivo y extensivo diseñado para destruir las zonas donde se sospechaba que guardaban armamento.

Semejante campaña habría producido, sin duda alguna, una gran pérdida de vidas humanas, tanto de civiles como de militares.
Una comunidad global de varios cientos de miles de personas conectadas mediante la World Wide Web, optó por la paz en una oración masiva cuidadosamente sincronizada en momentos precisos de esa tarde. Durante el tiempo de oración, tuvo lugar un acontecimiento que muchos consideran un milagro. A treinta minutos del ataque aéreo, el presidente de Estados Unidos, tras recibir una carta de los oficiales iraquíes diciendo que iban a cooperar con las solicitadas inspecciones de armamento, dio la insólita orden al ejército estadounidense de «deponer las armas», el término militar para suspender una misión.

Las probabilidades de que este hecho sucediera fortuitamente en el mismo marco de tiempo en que se estaba llevando a cabo la oración mundial son mínimas. Los escépticos han visto la sincronícidad que hubo en este ejemplo como una «casualidad». Sin embargo, dado que se han visto anteriormente resultados similares en acontecimientos ocurridos en Iraq, en Estados Unidos y en Irlanda del Norte, el creciente aumento de pruebas sugiere que el efecto de la oración masiva es más que una coincidencia. Las pruebas, que confirman un principio descubierto en textos centenarios, sencillamente afirman que la elección de muchas personas, concentradas de una forma específica, tiene un efecto directo y constatable sobre nuestra calidad de vida.

Aunque tales cambios parezcan inexplicables por medios ordinarios, los principios cuánticos los tienen en consideración como productos de la fuerza interior de una elección colectiva o de un grupo. Quizá la perdida ciencia de la oración, oculta en las antiguas tradiciones hasta que nuestro pensamiento actual pudiera reconocerla, ofrezca una forma de acción para evitar la enfermedad, la destrucción, la guerra y la mortandad profetizada para nuestro futuro. Nuestras elecciones individuales se funden en nuestra respuesta colectiva para el presente, con implicaciones que pueden ir desde unos pocos días hasta muchas generaciones en el. futuro. Ahora disponemos del lenguaje para introducir este poderoso mensaje de esperanza y posibilidad en todos los momentos de nuestra vida.


Aunque todo el alcance de las más oscuras visiones de Isaías todavía ha de llegar, cada vez hay más científicos, filósofos e investigadores que creen que estamos presenciando el preludio de muchos de los acontecimientos que él predijo para nuestro tiempo.
¿Podrían las antiguas claves como el rollo de Isaías haber sobrevivido dos mil años con un mensaje tan poderoso que no pudiera ser reconocido hasta que se comprendiera mejor la naturaleza de nuestro mundo? Nuestra disposición para permitir dicha posibilidad podría convertirse en nuestro mapa de carreteras para evitar el sufrimiento pronosticado por toda una serie de visiones sobre nuestro futuro.

Y vi un nuevo cielo y una nueva tierra...
Escuché una voz que decía:
«No habrá más muerte, - ni sufrimiento, ni llanto porque todo esto ya ha pasado»
LIBRO ESENIO DE LAS REVELACIONES
(APOCALIPSIS DE SAN JUAN, 21,1.4)

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