lunes, 14 de julio de 2014

14 de julio del año 1789. El día D de Revolución Francesa.

Revolución Francesa. 225 años de la Toma de la Bastilla.




MARTES 14 DE JULIO: nada", apuntó en su agenda personal del año 1789 Luis XVI, rey de Francia y Navarra por la gracia de Dios. Se refería al resultado de la caza del día, verdaderamente infausto. Su pasión cinegética era prioritaria sobre las demás preocupaciones: la perspectiva de una bancarrota del Estado, que le había obligado a convocar los Estados Generales que no se habían reunido en Francia desde 1588; el desprestigio de la Corte, sumida en unos escándalos en los que la propia reina, la frívola María Antonieta, se veía comprometida, y por fin, y sobre todo, el espectro de la hambruna que, por todo el país, amenazaba al pueblo con el constante aumento del precio del pan (el alimento básico) como consecuencia de las malas cosechas de los años anteriores y la ocultación del trigo realizada por unos acaparadores con el propósito de enriquecerse.

El espectro de la hambruna que, por todo el país, amenazaba al pueblo con el constante aumento del precio del pan.

A unas 6 leguas (23 kilómetros) de Versalles, donde residía la Corte, el "buen pueblo de París" -como solía denominarle la terminología oficial- no estaba para tonterías. Dos días antes, el domingo 12 de julio, la noticia del cese de Necker -el único ministro en el que tenía confianza- y su sustitución por el barón de Breteuil, conocido por su oposición a cualquier tipo de reforma, había suscitado un gran descontento.

Exaltada en los jardines del Palacio Real por un joven abogado y periodista, Camille Desmoulin que, basándose en el constante aumento del número de tropas acantonadas en la capital y sus alrededores, anunciaba una "noche de San Bartolomé de los patriotas", la muchedumbre -a la que se habían unido soldados de los guardias franceses- se había manifestado por las calles. La intervención para restablecer el orden del Real Alemán -un regimiento de caballería comandado por el príncipe de Lambesc- se había saldado con la muerte de un anciano y varios heridos.


El 13, a la una de la madrugada, se había pegado fuego a 40 de las 54 oficinas de arbitrios establecidas en cada una de las puertas de la capital. Era una reacción al anuncio de un nuevo aumento del precio del pan que había alcanzado la cantidad exorbitante de 7 sueldos por libra cuando un obrero parisino ganaba unos 30 sueldos por día de trabajo, y el consumo medio era de dos libras de pan por día y por persona. Reunidos en el Ayuntamiento, los electores "del segundo grado" de París -los que habían sido electos para designar a los diputados a los Estados Generales-, capitaneados por el gran preboste de los mercaderes, Flesselles, habían acordado la creación de una milicia burguesa de 48.000 hombres, una medida propuesta el 8 de julio para todo el reino por Mirabeau en la Asamblea Nacional que, al día siguiente fue declarada constituyente.

Una milicia de autodefensa

Oficialmente, esta milicia burguesa estaba destinada al mantenimiento del orden, confiando "al pueblo el cuidado de vigilar al pueblo", según la fórmula empleada por el diputado Le Chapelier. En realidad, era una disposición de autodefensa frente a la presencia en la capital o sus alrededores inmediatos de 15 regimientos, los más de tropas extranjeras. Para armar a esta fuerza, la multitud había irrumpido en la armería real y había cogido por la fuerza todo tipo de armamento.

Pero se trataba de piezas de colección, armaduras, alabardas y otros pertrechos de este tipo, en su mayoría inservibles o de poca efectividad militar. Con lo cual los electores -que, de hecho, asumían el poder en la capital desde el Ayuntamiento, y habían sustituido a las autoridades nombradas por el Rey-, habían mandado al gobernador del Cuartel de los Inválidos una delegación encargada de solicitar las armas que poseía. Evidentemente, fue en vano y la milicia burguesa permanecía siendo una fuerza desarmada.

Luis XVI, Antoine-Françoise Callet
El 14 de julio, el día amaneció espléndido. A las 10 de la mañana, entre 40.000 y 50.000 individuos -entre los cuales se hallaban, como la víspera, numerosos guardias franceses- se hallaron reunidos ante el Cuartel de los Inválidos, decididos a obtener por la fuerza lo que los electores no habían sabido o podido lograr por la persuasión.

Para su defensa, los asediados, comandados por el gobernador, marqués de Sombreuil, disponían de doce cañones. Pero se resistieron a hacer uso de ellos en contra de los parisinos. Asimismo, se negaron a intervenir los regimientos de infantería y caballería acampados a dos pasos de allí, en el Campo de Marte, y el general suizo Benseval, comandante en jefe de las fuerzas acantonadas en París, asistió, impotente, al asalto de los Inválidos, donde la muchedumbre se apoderó en un santiamén de los 12 cañones, 1 mortero y unos 40.000 fusiles.

Los parisinos ya tenían armas. Pero no poseían pólvora y municiones en cantidad suficiente. Cundió el rumor de que las había en La Bastilla, la impresionante fortaleza medieval construida en el siglo XIV bajo el reinado de Carlos V el Sabio y que alzaba sus murallas y torres al este de París, entre el barrio de Saint-Antoine y su arrabal, dos de las zonas más populares de la capital.

Desde principios del XVII -por decisión del cardenal Richelieu-, servía de cárcel de Estado. Con lo cual había sido el destino de las víctimas de las lettres de cachet, órdenes regias por las que cualquiera podía verse encarcelado sin ningún tipo de acción judicial previa, como había ocurrido, entre otros muchos, al misterioso Hombre de la máscara de hierro y al propio Voltaire en su juventud.

Búsqueda de municiones.

Exaltada por su fácil victoria en Los Inválidos, la muchedumbre se dirigió, pues, hacia La Bastilla. Aunque en los cahiers de doléance, redactados por los parisinos con vista a la preparación de los Estados Generales, ya se había pedido la destrucción de esta fortaleza, la gente no iba a derribar el símbolo del absolutismo. Iba sólo a buscar municiones.

La fortaleza de La Bastilla
Mientras tanto, pese al poco éxito que había tenido semejante actuación la víspera, los electores de París, de nuevo reunidos en el Ayuntamiento, habían decidido mandar una delegación al gobernador de la fortaleza para solicitar la pólvora y las balas de las que disponía. Éste, el marqués de Launay, la recibió a las diez y media de la mañana con toda la cortesía del Antiguo Régimen, e incluso convidó a sus miembros a almorzar. Pero se mantuvo firme y se negó a conceder lo solicitado.

Una hora después, a las once y media de la mañana, De Launay recibió a otra delegación, encabezada por los abogados Thurot, que representaba a los electores, y Ethis de Corny, un admirador de Voltaire con el que se había carteado. El resultado fue idéntico al de la primera entrevista y la exasperación fue creciendo entre la muchedumbre agrupada alrededor de la fortaleza.

El pueblo se lanzó con ímpetu al asalto, distinguiéndose especialmente los guardias por su valor y pericia.

Pese a los cañones que coronaban las ocho torres de La Bastilla -y que De Launay, al principio, había mandado retirar, como prueba de buena voluntad-, el pueblo se lanzó con ímpetu al asalto, distinguiéndose particularmente los guardias franceses por su pericia y valor. A la una y media, los sitiadores que había conseguido hacerse con el puente levadizo, se precipitaron hacia la puerta de la fortaleza. El marqués de Launay, que tan sólo disponía de una guarnición compuesta de 82 inválidos y de 32 suizos, mandó abrir fuego y cayeron las primeras víctimas. A partir de este momento, defensores y sitiadores intercambiaron disparos mientras que De Launay recibió, a las dos y a las tres, delegaciones ante las que no cedió en nada.

Cinco cañones decisivos.

La situación cambió del todo cuando, a las tres y media, llegó un destacamento de 61 guardias franceses comandados por un antiguo sargento de la guardia suiza, Hullin. Llegaban con cinco de los cañones de Los Inválidos. Los posicionaron enfrente de la puerta de La Bastilla: toda defensa era ya inútil. Viéndolo todo perdido, el gobernador quiso hacer saltar la fortaleza poniendo fuego a los 250 barriles de pólvora que almacenaba. Sus soldados se lo impidieron y le obligaron a la capitulación.

Ésta tuvo lugar a las cinco de la tarde. La muchedumbre se precipitó al interior. El gobernador y los inválidos fueron hechos prisioneros, mientras que los suizos, lograron escapar. En su búsqueda de la pólvora y municiones de las que habían venido a aprovisionarse, los ocupantes descubrieron a siete prisioneros, que fueron puestos inmediatamente en libertad.

El célebre marqués de Sade no tuvo este honor: había sido trasladado dos días antes. Ahora sí, el asalto a una fortaleza con el objetivo de proveerse de municiones se había transformado en ataque del pueblo al propio símbolo del absolutismo monárquico.

El doble despertar de Luis XVI.

Para que compareciesen ante los electores, se decidió el traslado de los prisioneros al Ayuntamiento. Enfurecida por las bajas que había sufrido -un centenar de muertos y otro de heridos-, la muchedumbre se ensañó con ellos durante el trayecto. Apenas llegado al pie del edificio municipal, el marqués de Launay cayó muerto de los golpes que le fueron asestados, a pesar de la protección que le habían ofrecido los mismos guardias que le habían conducido detenido hasta allí.

Unos oficiales y tres inválidos tuvieron el mismo destino, así como, unos momentos después, el preboste de los mercaderes, Flesselles, muerto de un pistoletazo cuando se le conducía al Palacio Real a ser juzgado por su pasividad, o doble juego, durante los acontecimientos. Puestas en picas, las cabezas cortadas de las víctimas fueron paseadas a modo de trofeos por las calles de la capital en medio de la alegría general hasta que, por la noche, la lluvia obligó a los triunfadores a retirarse.

El marqués de Launay cayó muerto de los golpes que le fueron asestados por la muchedumbre.

Con autorización de éstos, un empresario llamado Palloy, viendo el gran beneficio que podía sacar de los materiales recuperados, había contratado a unos 800 obreros para abatir la fortaleza. La Bastilla, símbolo de la tiranía, no sólo había sido atacada y vencida, sino que no iba a quedar piedra de ella.

Mientras tanto, en Versalles, Luis XVI, informado de que habían ocurrido disturbios en París, pero no de la capitulación de De Launay, tomó a las seis de la tarde la decisión de que las tropas evacuasen la capital. La orden llegó al Ayuntamiento a las dos de la madrugada. El Rey también había capitulado ante los parisinos.

Luis XVI sólo se enteró de la toma de La Bastilla a las ocho de la mañana del día 15 de julio. Sin esperar la ceremonia protocolaria que constituía cada día su despertar, y haciendo caso omiso de las objeciones de los ministros presentes, el gran chambelán, duque de La Rochefoucauld-Liancourt, se apresuró a comunicarle la noticia. Tras escucharle, preguntó el Rey: "¿Es un motín?". "No, Majestad, es una revolución", habría contestado el duque. Una réplica tan brillante que incluso parece apócrifa. Pero, de ser verídica, no podía ser más acertada. (fuente/El País)


¿Fue la Revolución Francesa una venganza de los Templarios?

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Artículo de Julius Evola, Roma, 1 de mayo de 1956.)

Un historiador francés ha observado que mientras hoy se reconoce ya que las enfermedades del organismo humano no nacen solas, sino que se deben a agentes invisibles, a microbios y a bacterias, en lo referente a las enfermedades de esos más grandes organismos que son las sociedades y los Estados, enfermedades correspondientes a las grandes crisis históricas y a las revoluciones, se piensa que allí en cambio las cosas sucedan de otra manera, es decir que se trataría de fenómenos espontáneos o debidos a simples circunstancias exteriores, mientras que en las mismas pueden haber actuado con gran vigor un conjunto de fuerzas invisibles similares a los microbios en las enfermedades humanas.

Se ha escrito mucho respecto de la Revolución Francesa y sobre la causa que la originó; habitualmente suele reconocerse el papel que, por lo menos como preparación intelectual, han tenido ciertas sociedades secretas y especialmente la de los denominados Iluminados. Una tesis específica y más avanzada es aquella que a tal respecto sostiene que la Revolución Francesa haya representado una venganza de los Templarios. Ya en un período sumamente cercano a aquella revolución se había asomado una idea semejante. Seguidamente De Guaita habría de retomarla y profundizarla.

La destrucción de la Orden de los Caballeros Templarios fue uno de los acontecimientos más trágicos y misteriosos de la Edad Media. Los Templarios eran una Orden cruzada de carácter sea ascético como guerrero, fundada hacia el 1118 por Hugues de Payns. Exaltada por San Bernardo en su Laude de la nueva Milicia, habría de convertirse rápidamente en una de las Órdenes caballerescas más ricas y poderosas. Improvisamente en 1307, la misma fue acusada por la Inquisición. 

La iniciativa partió esencialmente de una figura siniestra de soberano, por parte de Felipe el Hermoso de Francia, quien impuso su voluntad al débil Papa Clemente V, apuntando así a quedarse con las grandes riquezas de la Orden. Se reprochaba a los Templarios de profesar sólo en apariencias la fe cristiana, de tener un culto secreto y una iniciación ajena al cristianismo y más aun anticristiana. Cómo hayan sido las cosas verdaderamente es algo que no se ha podido nunca saber con exactitud. De cualquier forma el proceso concluyó con una condena: la Orden fue disuelta, la mayor parte de los Templarios fue masacrada y terminó en la hoguera. Fue quemado también el Gran Maestro, Jacques de Molay. Éste justamente en la hoguera señaló los días de la muerte de los responsables de la destrucción de la orden, del rey y del pontífice. Felipe el Hermoso y Clemente V habrían de morir exactamente dentro de los términos profetizados por el Gran Maestro templario para presentarse delante del tribunal divino.

Se dice que algunos Templarios que se salvaron de la masacre se refugiaron en la corte de Robert Bruce, rey de Escocia, y que se integraron a ciertas sociedades secretas preexistentes. De cualquier modo, de acuerdo a la tesis mencionada al comienzo, ciertas derivaciones de los Templarios habrían continuado de manera subterránea hasta el mismo período de la Revolución Francesa y habrían preparado, como una verdadera venganza, la caída de la casa de Francia. Que algunas sociedades secretas se hubiesen organizado para fines revolucionarios, ello es algo develado por la investigación histórica. 

Una mera casualidad - el hecho de que un correo de las mismas fuese abatido por un rayo- permitió descubrir documentos de los Iluminados que llevaba consigo y que contenían planes revolucionarios. Más importante aun fue la reunión secreta que se realizó en Frankfurt en 1780. Fue descripta de manera novelesca por Alejandro Dumas en su famoso libro José Bálsamo, en donde se sirviera seguramente de los apuntes, publicados en Italia en 1790 y en Francia en 1791, del proceso realizado por el Santo Oficio a este misterioso personaje conocido bajo el nombre de Cagliostro. En su exposición Cagliostro habla de aquella reunión, hace mención a los Templarios, dice que los convocados se habían comprometido a tumbar a la casa de Francia; que luego de la caída de esta monarquía su acción habría debido dirigirse hacia Italia teniendo en mira particularmente Roma, sede del Papado.

A todo esto deben agregarse las revelaciones hechas en 1796 por parte de Gassicourt en un libro sumamente raro, Le tombeau de Jacques Molay. En el mismo se sostiene que "los hechos de la Revolución Francesa tienen un signo templario". Según el autor el mismo nombre de los Jacobinos -es decir quienes fueron los principales promotores de la Revolución- vendría de el del Gran Maesto templario, Jacques Molay, y no, como generalmente se cree, de la iglesia de religiosos jacobinos, lugar de reunión que la organización secreta habría elegido por una mera casualidad en el nombre. Y la consigna de la secta, la que debía ser mantenida aun sucesivamente en algunos altos grados de asociaciones similares, se componía de las iniciales del nombre completo del Gran Maestro templario.

Otra circunstancia extraña y significativa está representada por la elección del lugar en donde fue mantenido prisionero el último rey de Francia, Luis XVI; lugar que sólo abandonaría en el momento de subir al patíbulo. Mientras que la Asamblea Nacional le había asignado como cárcel un local del Palacio de Luxemburgo, él en vez fue encerrado en el Templo, es decir en la antigua sede de los Templarios de París: casi como un símbolo de la venganza que golpeaba, en la persona de su último descendiente, a la dinastía culpable de la destrucción de la Orden, en el lugar mismo que la misma había ocupado.

Son además aducidos otros elementos como sostén de tal tesis. Naturalmente, una investigación que, como ésta, vierte sobre lo que se ha desarrollado en las sombras, detrás de los bastidores de la historia conocida, encuentra particulares dificultades. En el caso específico, aun admitiendo todos los indicios, quedaría por verificar si existió una continuidad entre los agentes revolucionarios alrededor del '89 y los verdaderos Templarios medievales, pudiendo también ser que los primeros hayan tomado de los segundos tan sólo el nombre, mientras que en cambio han obedecido a fuerzas oscuras de un tipo muy distinto. De cualquier modo la hipótesis aquí señalada es conocida por parte de aquellos que llevan la mirada sobre lo que bien podría ser denominado como la dimensión en profundidad de la historia.

Mientras Luis XVI, el último rey de Francia perdía su cabeza en la guillotina, una voz retumbó de entre los presentes que gritó, voz en cuello, “¡Maestre Jacques de Molay, has sido vengado!”, cumplía su objetivo la revolución francesa.


Templarios en tiempos modernos parte 3

Encuentran en un fresco de una iglesia de Rumania del siglo XIV un OVNI.

Las Misteriosas Cabezas de los Dioses.


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En esta ocasión, vamos a hablar sobre las distintas cabezas alargadas 
pertenecientes a los dioses que las antiguas tradiciones han recogido, Asia, África, Europa y Sudamérica entre otros, recogen infinidad de relieves, estatuas, momias, leyendas y costumbres arraigadas a ese ser superior venido de la “nada” que cohabito con el homo sapiens y a quién utilizaba como esclavo.

En esta ocasión traemos con nosotros a un nuevo colaborador de Mundo Desconocido, su nombre es Yusett Adderdy, Peruano y licenciado en Arqueología, quien nos contará de primera mano su experiencia con los llamados cráneos de Paracas, también pertenecientes a esos “seres” que algunos llaman el Homo Capensis u Hombre de Boskop.



fuente/Mundodesconocido.es

El Enigma de las ciudades subterráneas de Capadocia, Turquía.



Capadocia (en turco: Kapadokya; griego Καππαδοκία; en armenio Կապադովկիա) es una región histórica de Anatolia central, en Turquía, que abarca partes de las provincias de Kayseri, Aksaray, Niğde y Nevşehir.

Capadocia se caracteriza por tener una formación geológica única en el mundo, y por su patrimonio histórico y cultural. En el año 1985, fue incluida por la Unesco en la lista del Patrimonio de la Humanidad, con una zona protegida de 9.576 ha.

Hasta hace relativamente poco tiempo la Capadocia era una región de Turquía situada en una meseta al sureste de Ankara conocida principalmente por sus paisajes modelados por el agua y el viento y siglos de erosión, que han transformado la roca volcánica creando figuras inusitadas. Las erupciones del monte Erciyes y el monte Hasan -antiguos volcanes ya extintos- cubrieron de lava vastas extensiones del paisaje de la zona con finas capas de ceniza volcánica, que se solidificó formando la roca conocida como toba calcárea. A lo largo de millones de años, la erosión excavó valles y desfiladeros y modeló las famosas “chimeneas de hadas” que dan a la región su aspecto único. Sí, la Capadocia es una tierra de paisajes increíbles, pero es mucho más que eso. La toba posee la característica de poder ser fácilmente excavada y modelada, y una vez expuesta al aire, se endurece lo suficiente como para soportar el peso de estancias, bóvedas y túneles. Los habitantes que durante miles de años han poblado la Capadocia conocían bien esta particularidad del paisaje de la región, y durante cientos, miles de años quizás, excavaron la roca creando una compleja red de cuevas y túneles, hasta crear auténticas ciudades bajo el subsuelo de toda la región con capacidad para albergar a cientos de miles de personas durante varios meses.


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Desde hace miles de años han existido asentamientos humanos en la Capadocia. Algunas de las civilizaciones más antiguas del mundo tuvieron su origen y florecieron aquí, como por ejemplo los hititas, mientras que otras supieron ver en la región un lugar estratégico que permitía el control de la meseta anatolia y de las rutas de paso entre Asia y Europa. Todas esas civilizaciones -desde los hititas a los persas, desde los griegos a los bizantinos pasando por los romanos- han dejado su huella cultural en Capadocia.

La situación geográfica de la Capadocia la convirtió irremediablemente durante muchos siglos en lugar de paso y en encrucijada de numerosas rutas comerciales, y por tanto, también en objeto de continuas invasiones. Ya fuera para escapar del duro clima de la región, de los animales salvajes o de los ataques de bandidos e invasores, el caso es que los pobladores de la Capadocia comenzaron a excavar la blanda roca y a crear primero cuevas, y más tarde auténticas ciudades subterráneas de decenas de metros de profundidad. Conectadas por decenas de túneles que forman auténticos laberintos en los que resulta fácil perderse, construyeron viviendas, establos, cuarteles, cocinas, baños, salones e incluso iglesias distribuidas en varios niveles que se adentran en el subsuelo de la Capadocia. Dotadas con sistemas de ventilación, chimeneas y depósitos de agua, los habitantes de estas increíbles ciudades subterráneas podían permanecer meses y meses en el subsuelo aislados del mundo exterior situado varias decenas de metros más arriba, a salvo de cualquier peligro.

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Los descubrimientos hechos hasta ahora en algunas de estas ciudades han revelado la existencia de numerosas cocinas, bodegas, almacenes de comida, depósitos de agua, zonas de reunión, baños y centros de oración, entre otras estancias. Todas ellas excavadas a mano en la roca. La relativa facilidad para modelar la roca permitió esculpir hasta los mínimos detalles, desde huecos en los que calentar la comida hasta canales para la circulación del agua, pasando por asideros para atar los caballos o agujeros para colocar las lámparas de aceite con las que se iluminaban. Se ha descubierto incluso que muchas de estas ciudades poseían un complejo sistema de conductos que permitían la comunicación entre distintas estancias situadas a niveles diferentes. Debido además a la especial textura de la roca en la que se excavaban, las estancias permanecían a una temperatura agradable y estable a lo largo de todo el año, ni demasiado calurosas en verano ni demasiado frías en invierno.

Uno de los detalles que más destaca ante el visitante es no obstante el sistema que utilizaban para cerrar las entradas de los principales túneles de acceso en caso de peligro, formado por enormes piedras de pesada roca en forma de rueda que hacían desplazarse a lo largo de una especie de rail excavado en la roca, de forma que una vez cerrado sólo podían girarse desde el interior para volver a permitir el paso. Había otros ingeniosos sistemas defensivos que permitían coger a los enemigos por sorpresa o incluso desorientarlos, y que posibilitaban que unos pocos defensores pudieran resistir largo tiempo incluso ante grandes ejércitos.

La fecha en que fueron construidas estas fabulosas ciudades subterráneas de la Capadocia continúa siendo de hecho un misterio. Son mencionadas por primera vez en el siglo V a.C por Herodoto, si bien algunos expertos consideran que fueron los hititas quienes comenzaron a excavarlas al menos 1.500 años antes de nuestra era, siendo usadas posteriormente por los primeros cristianos que huían de la persecución de los romanos. Otros estudiosos opinan que las ciudades subterráneas fueron excavadas por los frigios -quienes invadieron precisamente los territorios hititas- en torno al año 1.000 antes de Cristo como medio de defensa contra los asirios, o que incluso fueron construidas mucho después, en tiempos romanos o bizantinos. Hay quien piensa también, sin embargo, que todos ellos se limitaron a utilizar algo que ya había sido construido desde tiempos inmemoriales y que la antiguedad de las ciudades subterráneas es tal que seguramente nunca podamos conocerla con certeza.

El uso de las ciudades subterráneas se prolongó durante la llegada del cristianismo a la región, en los siglos II y III de nuestra era. En esa época inicial del cristianismo proliferaron los anacoretas, que buscaban un estilo de vida ascético y privado de comodidades creyendo que así se acercaban más a Dios. Posteriormente a partir del siglo IV se crearon varias comunidades monásticas en la región, siguiendo la tradición de los primeros cristianos. Cuando los invasores árabes comenzaron a hacer incursiones en la región durante los siglos VII y VIII, las comunidades cristianas y monásticas que habitaban la Capadocia utilizaron la red de túneles y cuevas de las ciudades subterráneas para sobrevivir y escapar a los invasores, igual que antes que ellos lo habían hecho otros habitantes de la zona durante siglos. Posteriormente, tras la pérdida de la región por parte de los bizantinos a manos de los turcos selyúcidas y con la llegada posterior del Imperio Otomano, la región se estabilizó y el peligro de invasión desapareció durante siglos, y los habitantes de la Capadocia comenzaron a olvidarse de las ciudades subterráneas a medida que continuaban su vida normal en la superficie. La llegada del Islam a la región terminó por abandonar también el uso de los monasterios e iglesias construidos en la roca, y poco a poco las cuevas y túneles fueron abandonados hasta que únicamente las estancias más cercanas a la superficie continuaron siendo utilizadas por los pobladores de la región como almacén o lugar de refugio para los animales, cosa que aún sigue ocurriendo en la actualidad.

El conocimiento de la existencia de las ciudades subterráneas se perdió, y durante prácticamente mil años quedó como una simple leyenda en la memoria de los más ancianos. Y así siguió hasta que a mediados de los años 60 fueron descubiertas de nuevo casi por casualidad; primero Kaymaklı, luego Derinkuyu, y así hasta llegar a nuestros días, en los que se conocen 40 ciudades subterráneas en Capadocia, si bien se cree que podría haber unas 200. De esa cuarentena de ciudades descubiertas hasta la fecha, sólo unas pocas están abiertas al público y sólo parcialmente, ya que su extensión y complejidad hace demasiado peligroso adentrarse en profundidad para cualquiera que no esté debidamente preparado; otras han sufrido derrumbes de sus túneles y cavidades con el paso de siglos y siglos de abandono; y en general se puede decir que se muestra sólo una mínima parte porque es tanto lo que se desconoce de ellas que ni siquiera se sabe hasta dónde se extienden… Dicho lo cual, el visitante empleará no menos de hora y media en recorrer las estancias y galerías de la mayoría de ellas, no sin dificultades y siempre procurando no perderse en el laberinto de túneles y pasadizos que las recorren.

Una de las ciudades más conocidas para los turistas, aunque no es desde luego la más grande, es la ciudad subterránea de Derinkuyu. Situada a unos 30 km al sur de Nevşehir, la ciudad fue abierta al público en 1969, aunque sólo el 10% puede ser visitada. Por lo que sabemos posee ocho niveles subterráneos que alcanzan una profundidad de 85 metros bajo tierra, y podía albergar unos 20.000 habitantes. Kaymaklı, abierta en 1964 y localizada a unos 10 km al norte de Derinkuyu, es otra conocida ciudad subterránea; si bien algo más pequeña que la anterior -con “sólo” cinco niveles subterráneos- posee aun así más de 100 túneles diferentes que la recorren, la mayoría de ellos lo suficientemente estrechos e inclinados como para hacer desistir al más valiente, o al menos a cualquiera que sufra de cierto grado de claustrofobia. Estas no son las ciudades subterráneas más grandes que se conocen, ni muchísimo menos: sabemos que algunas de estas ciudades poseen hasta 20 niveles o pisos subterráneos, superando los 500 metros de profundidad y pudiendo albergar entre 60.000 y 80.000 personas cada una. En total se estima que bajo el subsuelo de la Capadocia hay una red de ciudades capaces de albergar hasta un millón de personas durante varios meses, una población que ni siquiera existe en la actualidad en la región… Lo cual nos devuelve de nuevo a la pregunta, ¿quién y para qué construyó estas inmensas ciudades bajo tierra?.

La ciudad subterránea más recientemente descubierta abierta al público es Gaziemir, situada a unos 40 km al este de Aksaray. Abierta en junio de 2007, aún no son muchos los turistas que la visitan, si bien se cree que es una de las ciudades más grandes de la zona. Los expertos creen que se remonta al menos a la época bizantina, y al contrario de lo que suele ser habitual sus túneles y pasadizos no están construidos de forma que apenas permiten el paso de una persona sino que son anchos y espaciosos, seguramente para permitir el paso de camellos usados como medio de transporte en las caravanas de mercaderes que atravesaban la región. Para aquellos que padezcan de claustrofobia pero que no puedan resistirse a la tentación de descubrir los misterios de las ciudades subterráneas de la Capadocia, seguramente Gaziemir sea el lugar ideal. Por ahora las excavaciones han permitido sacar a la luz baños, iglesias, establos, almacenes, cocinas, bodegas y habitaciones.

Uno de los más sorprendentes y recientes descubrimientos es que las ciudades subterráneas de la Capadocia no estaban aisladas entre sí, sino que estaban unidas por túneles de decenas de km de longitud formando una inmensa red que permitían comunicarlas entre sí. Actualmente hay un proyecto en marcha que pretende abrir alguno de estos túneles -de entre 15 y 20 km de longitud- al público, aunque aún no está claro cuándo ni cómo se podrá realizar un recorrido que sin duda pondrá a prueba al más atrevido.

A pesar de que el número de turistas que optan por ver las ciudades subterráneas sigue siendo pequeño en comparación con los que visitan las peculiares “chimeneas de hadas” que decoran el paisaje de la Capadocia o lugares tan emblemáticos como Göreme, poco a poco se va conociendo este peculiar tesoro -aún por descubrir en su totalidad- que se extiende bajo el subsuelo de una de las regiones más conocidas de Turquía. Muchos son los misterios que rodean aún a esta inmensa red de ciudades construidas hace miles de años bajo el subsuelo de Capadocia. La extensión y complejidad de las construcciones, unido a que seguimos sin saber a ciencia cierta quién ni para qué construyó esta inmensa red de ciudades bajo tierra, hace que aún hoy las ciudades subterráneas de la Capadocia constituyan uno de los grandes misterios no sólo de Turquía, sino de todo el mundo, y un lugar que sin duda alguna merece la pena visitar.






Cómo llegar:

Hay servicios de autobús con destino a Capadocia desde muchas ciudades de Turquía, incluyendo Estambul y Ankara. La mayoría de ellos suelen llegar hasta Nevşehir, principal ciudad de la región, donde podemos tomar un minibus (llamados “dolmuş”) o un taxi que nos lleve hasta donde queramos. Los mejores alojamientos se encuentran en Göreme y Ürgüp, localidades por otro lado bastante bien situadas para visitar la región.

La mayoría de los hoteles de la zona ofrecen a muy buen precio tours guiados por la Capadocia que incluyen -si lo deseamos- visitas a algunas de las principales ciudades subterráneas. También podemos recurrir a una agencia de viajes turca, una opción más cara pero en cualquier caso seguramente más barata que un viaje organizado con un touroperador europeo. Otra posibilidad para los más “aventureros” es alquilar un coche y visitar la Capadocia por nuestra cuenta, provistos de un buen mapa.

Si queremos llegar en avión, hay que tener en cuenta que el aeropuerto más cercano se encuentra en Kayseri. Hay vuelos regulares desde Estambul con Turkish Airlines (THY). Desde el Aeropuerto de Kayseri parten autobuses a Göreme y Ürgüp.

Dónde alojarse:

Hotel Cappadocia Palace (http://www.hotel-cappadocia.com)

Kayadam Cave Hotel (http://www.kayadam.com)

Yunak Evleri Cave Hotel (http://www.yunak.com/index.php)

Hotel Selçuklu Evi (www.selcukluevi.com/es)

Melekler Evi (http://www.meleklerevi.com.tr)


fuente del texto/arqueoastronomia.wordpress.com

domingo, 13 de julio de 2014

El mundo es una ilusión (la teología de Phillip K. Dick)

 

Un enigmático episodio, en el que recibió una “invasión mental cósmica“, marcó la vida de Phillip K. Dick e hizo que creyera que el mundo en el que vivimos es un simulacro, desarrollando toda una teología de la gran ilusión cósmica.
 
Hace un par de semanas se publicó The Exegesis, la obra póstuma de Phillip K. Dick de más de 900 páginas en donde el que actualmente es el escritor de ciencia ficción más popular de Hollywood (y quizás pase a ser el más importante en la historia del género), explora y reflexiona sobre un intrigante episodio que le ocurrió en 1974 y del cual se deriva (y cifra) su teología. Estas meditaciones metafísicas, que no fueron escritas para ser publicadas, constan de más de 9,000 páginas, las cuales fueron editadas para componer una obra relativamente digerible.

La teología sobre la que devanea K. Dick es, como quizás sea obvio para sus lectores, una espectral madeja de paranoia y lucidez que, más allá de explorar una veta un tanto radical (y alucinatoria) del cristianismo, se centra en la preocupación central de la obra de este escritor estadounidense: qué es la realidad. Este cuestionamiento, que ha sido abordada con cierto parentesco por Borges, Baudrillard, Hume y los filosófos presocráticos, encuentra en K. Dick a uno de sus más profundos inquisidores.

El 20 de febrero de 1974, Phillip K. Dick vivió un acontecimiento —que alguna vez describió como una invasión mental cósmica— en el que, aparentemente, un rayo láser rosa le disparó una corriente de conocimientos arcanos.

Ese día de febrero de 1974, justo la semana en la que se había publicado la novela Flow My Tears, the Policeman Said, Dick fue al dentista a que le quitaran las muelas del juicio bajo los efectos del tiopentato de sodio. Pocas horas después se halló sufriendo un dolor extremo en su casa. Su esposa habló a la farmacia a pedir analgésicos. Tocaron a su puerta y, según relata, K.Dick sintió la necesidad de abrir él mismo pese a que estaba sangrando y adolorido. La chica de la farmacia llevaba puesto un collar brillante con un pez dorado en el centro. Este pez hipnotizó a Dick, quien le preguntó a la chica:

“Qué significa?”

La chica tocó el pez dorado resplandeciente con su mano y dijo :”Es un símbolo usado por los primeros cristianos”.

Luego me dio mis medicamentos. En ese instante, mientra volteaba a ver el símbolo del pez brillante y oía sus palabras, experimenté de súbito lo que luego descubrí se conoce como anamnesis —una palabra griega que significa, literalmente, “pérdida del olvido”. Recordé quién era y dónde estaba. En un instante, en un parpadeo, todo regresó a mí. Y no solo podía recordarlo: lo podía ver. La niña era una cristiana secreta y yo también. Vivíamos con miedo de ser detectados por los romanos. Teníamos que comunicarnos con signos crípticos. Ella me había dicho esto y era verdad.

Phillip K. Dick viviría el resto de su vida, hasta 1982, obsesionado por este episodio que incluiría una serie de comunicaciones telepáticas el mes subsecuente. De aquí se desprende la extraña cosmogonía de Phillip K. Dick, que si bien ya había sido esbozada en muchas de sus obras previas, toma un cariz radical y se afianza en su teoría de que la realidad en la que vivimos es un simulacro. En su ensayo How to Build a Universe That Doesn’t Fall Apart explica:

La respuesta a la que he llegado tal vez no sea la correcta, pero es la única que tengo. Tiene que ver con el tiempo. Mi teoría es esta: en algún sentido fundamental: el tiempo no es real. O quizás sí sea real, pero no como lo experimentamos o como imaginamos que lo es. Tuve una aguda y abrumadora certidumbre (y todavía la tengo) de que pese a todo el cambio que vemos, un paisaje específico permanente subyace al mundo del cambio: y este paisaje invisible subyacente es el de la Biblia; es, específicamente, el periodo inmediato a la muerte y la resurrección de Cristo; es, en otras palabras, el tiempo del Libro de los Hechos.

Puede parecer un tanto delirante que un escritor ahora tan reconocido, y cuyas historias alimentan el cine y la televisión cada vez más, creyera que en realidad estamos en Judea, inmóviles (como el Ser de Parménides), 2000 mil años atrás. Phillip K. Dick era consciente de esto y muchas veces buscó desestimar esta espisodio visionario —que siempre persistió como un enigma. Lo transmutó en ficción en la que para algunos es su obra maestra, VALIS, novela en la que el rayo láser que percibió dispararse del collar de la repartidora de fármacos se vuelve el rayo láser satelital que usa la computadora cósmica para proyectar hologramas y transmitir información en la Tierra —mantener también esta ilusión temporal. El sueño eléctrico de la divinidad de K. Dick, novelado, en el que esta divinidad informática que proviene de Sirio se comunica con él para revelarle lo que podríamos llamar los intersticios de la Matrix.

Dick escribió en Exegesis:

Parece que somos bucles de memoria (portadores de ADN capaces de experiencia) en una sistema computacional pensante en el que, aunque hemos correctamente grabado y almacenado miles de años de información experiencial, y cada uno de nosotros posee depósitos un tanto diferentes de todas las otras formas de vida, hay un mal funcionamiento —una falla— en la recuperación de la memoria.

Tenemos aquí una clara muestra de la anamnesis que es clave en el sistema filosófico-religioso de K. Dick y la cual equivale a la gnosis platónica: saber es recordar. Recordar quiénes somos, intuye K. Dick, es ver más allá del simulacro, acceder a la esencia intemporal que participa en el Logos (el Logos que es “aquel que piensa, y aquello que se piensa: el pensador y el pensamiento juntos”; Dick cree, como cierta corriente en la física cuántica, que la información es el constituyente primordial del universo). Asimismo, la conciencia de que somos proyecciones holográficas o seres ensoñados nos abre la puerta a ser el proyector de hologramas y el soñador.

El éxito de K. Dick se sustenta en que pese a que llevó a su mente a los límites más extremos de la metafísica, que en ocasiones rayaron en la más pura psicosis, siempre conservó el humor y la crítica. También de How to Build a Universe That Doesn’t Fall Apart:

Me puedo imaginar a mí mismo siendo examinado por un psiquiatra. El psiquiatra dice, “¿Qué año es? Yo respondo, “50 d.C”. El psiquiatra parpadea y luego me pregunta. “¿Y dónde estás tú?” Yo respondó, “En Judea”. “¿Dónde rayos está eso?”, me pregunta. “Es parte del Imperio Romano”, tendría que responder. “¿Sabes quién es presidente?”, me preguntaría el psiquiatra, y yo repsondería, “El procurador Felix”. “¿Estás seguro de esto”, diría el psiquiatra, mientras que da señales encubiertas a dos asistentes corpulentos. “Sí”, le respondería. “A menos de que Felix haya dejado su puesto y entonces habría sido reemplazado por el procurador Festus. Ve, San Pablo fue aprehendido por Felix por…”. “¿Quién te dijo todo esto?”, interrumpiría el psiquiatra, irritado, y yo respondería, “El Espíritu Santo”. Después de eso me retendrían en la habitación de hule, dentro mirando hacia afuera, y sabiendo exactamente por qué estaba ahí.

Siempre esta doble realidad en el pensamiento de K. Dick: el psiquiatra es también el procurador romano que detiene a los cristianos, que lo detiene a él que ha escuchado la voz del Espíritu Santo, cuya paloma ahora es un rayo láser. Estamos aquí y allá, sentados en la eternidad y en esta película (una especie de cinta de Hollywood personalizado) que es el tiempo.

La obsesión por el episodio epifánico de K. Dick se vio aumentada por el hecho de que aparentemente recibió información telepática que comprobó ser cierta más allá de su mente. Supuestamente se le avisó que su hijo estaba enfermó y podría morir. Examinaciones médicas de rutina mostraban que el niño no tenía ninguna enfermedad; sin embargo, K. Dick insistió en que se realizaran exámenes exhaustivos. Se le decubrió una hernia inguinal que lo habría matado si no hubiera intervenido la inteligencia cósmica. Esta comunicación, de manera cambiante, fue percibida por K. Dick como proveniente de una inteligencia del sistema estelar de Sirio (para los interesados en el tema se recomienda leer Cosmic Trigger, donde Robert Anton Wislon explora la sincronicidad de que por la misma época varias personas reportaron recibir comunicación telepática de Sirio, entre ellos, él y Tim Leary). Los emisores son los constructores originales, que en VALIS revelan: “Nunca lo hemos dejado de hacer… Todavía construimos. Construimos este mundo. Esta matriz de espacio-tiempo”. Phillip K. Dick liga a los arquitectos de la Matrix sirianos con los cristianos del código del pez: ¿acaso las entidades sirianas son semidioses marinos, una especie de peces cibernéticos súper-evolucionados, cuyo linaje entronca con Cristo?

Añadiendo a la mistificación, por el tiempo de la invasión cósmica mental la esposa de K. Dick supuestamente transcribió sonidos cuando lo oyó hablar dormido y descubrió que estaba hablando en griego koiné, el dialéctco que se hablaba en la era helénica de la antigua Grecia y el cual nunca había estudiado. Este espisodio de supuesta xenoglosia no se ha podido aclarar si es parte de una mitificación à propos del mismo K. Dick o un suceso que él mismo penso que sí ocurrió –quizás en su mente se borran las fronteras entre su obra y la realidad.

En febrero de 1974 K. Dick acababa de publicar su novela Flow My Tears, The Policeman Said, la cual, según contó en varias ocasiones, descubrió a posteriori que estaba, inconscientemente, registrando sucesos que ocurrían en el Libro de los Hechos y cuyos personajes describían de manera puntual a personas que aún no conocía. Esto contribuyó a que no tomara el episodio visionario a la ligera.

Evidentemente los críticos y biógrafos de Phillip K. Dick proponen teorías alternativas para explicar la fuente de su trance visionario. Una de las versiones más socorridas es la de que este episodio fue propiciado por un ataque de epilepsia del lóbulo temporal (al parecer K. Dick, como Van Gogh, Dostoievski o Flaubert, padecía esta condición con la que la ciencia muchas veces intenta explicar las teofanías). También se han esbozado versiones de que fue el resultado del exceso de vitaminas que consumía, un flashback de su experimentación con drogas psicoactivas o simplemente una manifestación de su psique desequilibrada que por momentos lo llevaba a la locura. El mismo K. Dick consideró en algunos momentos de su vida que podía tener un origen neurológico, lo cual es parte de la tesis que desarrolla en VALIS a través de su alter ego Horselover Fat, quien tal vez padece esquiozofrenia. Consideró, sin embago, muchas otras posibilidades, algunas bastante extrañas, como la de que el obisbo muerto Jim Pike estaba invadiendo su mente (acaso por resonancia mórfica espectral) y luego pensando que más bien era la mente de un antiguo griego llamado Asklepios o una posesión avatárica del profeta Elías.

Aún más interesante que definir qué fue lo que sucedió aquella mítica tarde del 20 de febrero de 1974 es navegar a través de las elucubraciones que suscitó dicho episiodio, consolidando en este escritor una inexorable suspicacia de que la realidad que experimentamos es falsa. Aquí vale la pena salir un momento de la dimensión psicótica de K. Dick para encontrar ecos de su visión radical de la realidad en otros autores que quizás sean considerados con mayor estimación por el mainstream. Vemos en Borges un notable parangón:

“El mayor hechicero (escribe memorablemente Novalis) sería el que hechizara hasta el punto de tomar sus propias fantasmagorías por apariciones autónomas. ¿No sería ese nuestro caso?” yo conjeturo que es así. Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.

Estos intersticios pueden ser los canales por los cuales la divinidad se comunica a sí misma su ilusión de ser en el tiempo. Y quizás no es del todo importante si ocurren generados por una aflicción neurológica, la ingestión de una sustancia psicodélica, un rayo láser rosa o por el mismo Espíritu Santo, ya que lo que se comunica es, más que la esencia de la divinidad, la ilusión del mundo —en cuyo desvelo está esa divinidad. Phillip K. Dick era un maestro en hacernos cuestionar esta realidad, ver, por así decirlo, los cables detrás de las cosas, el engranaje de la máquina y la escenografía que subyace al paisaje. “Me gusta construir universos que se deshacen. Me gusta verlos desbaratarse y ver cómo los personajes en las novelas se adaptan a este problema”. La crisis del momento en el que se desmorona la realidad es el estado de máxima conciencia y transformación. Ponernos en esa situación, como lectores, es una extraordinaria virtud que germina la semilla central del pensamiento filosófico de nuestra civilización (que Platón atribuye a Sócrates): el derecho y la responsabilidad de cuestionar las cosas y cuestionar a la autoridad, una autoridad que podemos identificar con los constructores de la ilusión. En este sentido la teología de K. Dick tiene una lectura filosófica que no se ve necesariamente contaminada de religión o fanatismo.

La filosofía gnóstica de Phillip K. Dick tiene un profundo sentido ético (una ética metafísica). Más allá de que su obra, dentro de la simulación y el artificio que predomina, celebra al humano auténico y exalta la empatía como la emoción suprema que permite al hombre permanecer dentro de la ilusoriedad que, como en Ubik, hace todo evanescente y corrupto, K. Dick sugiere que es nuestra labor realizar el mundo:

En el Timeo, Dios no crea el universo, como sí lo hace el Dios cristiano. Simplemente lo encuentra un día. Está en un estado de caos total. Dios se dispone a transformar el caos en orden. Esta idea me atrae y la he adaptado para adaptarla con mis propias necesidades intelectuales: ¿qué pasaría si nuestro universo empezara como algo no del todo real, una especie de ilusión, como la religión hinduista sostiene, y Dios, por amor y caridad hacia nosotros, lentamente lo está transmutando, lenta y secretamente, en algo real?

Para llegar (o llevar) al mundo a la realidad, según la exploración teológica de K. Dick, el hombre debe descubir su ilusoriedad fundamental, pero también combatir todo aquello que falsifica y simula. Por lo tanto son los valores que históricamente predican las grandes religiones los que le permiten afianzarse dentro de la desintegración ontológica que permea a este mundo, concebido como una contracreación o una copia de la realidad divina por un demiurgo a veces identificado con el diablo. En el amor y en la empatía el hombre vislumbra el orden divino original y participa en la esencia subyacente de las cosas o espíritu. Dice Dick:

La suma de mucha de la teología y la filosofía presocrática puede expresarse así: el kosmos no es como aparenta ser, y probablemente lo que es, en su nivel más profundo, es exactamente lo que los seres humanos son en un nivel más profundo —llámenlo alma o mente, es algo unitario que vive y piensa, y solo parece ser plural y material.

Dudar de la realidad del mundo material, del mundo sólido que experimentamos todos los días y en el cual nos construimos como entidades individuales aparentemente independientes de los demás, puede considerarse para muchas personas una simple alucinación o una percepción poco fundamentada según los preceptos aprendidos de la razón (o como algo aterrador al significarnos como simulacros). Las cosas no se desintegran de la nada, siguen ahí, pueden tocarse y a la vez cambian conforme a leyes establecidas, predecibles y constantes. Pero consideremos la posibilidad de que esto sea así precisamente porque nosotros —o alguien más— las dotamos de esta realidad: al participar después de todo en la divinidad subyacente somos entidades dadoras de realidad, la mirada es siempre transformadora.

Phillip K. Dick definió la realidad como “aquello que persiste, incluso cuando dejamos de creer en ello”. Las cosas —la mesa, el árbol, el auto— persisten en nuestra experiencia común: no nos despertamos y nuestra mesa ha desaparecido. Pero, ¿cuándo hemos dejado de creer en la mesa? ¿Cuándo hemos en verdad dejado de creer en la solidez del mundo? Y, al morir, ¿acaso permanecerá la personalidad que supuestamente integramos: ser Phillip, o Juan, o Yo, si dejamos de creer que somos esa persona?

El autor de esta entrada manifiesta su afinidad con la delirante y valiente obra de Phillip K. Dick y la fascinación por interrogar la naturaleza de la realidad. Quizás esto muestra una especie de rechazo al mundo, una excesiva oniricidad, pero quien alguna vez ha visto —o al menos ha creído ver— la radical ilusoriedad de este, el código de glifos y fractales luminosos de la Matrix o los fotogramas con los cuales los agentes van concatenando el holograma del tiempo, difícilmente dejará de sentirse atraído por estos temas y estará genuinamente interesado en descorrer el velo, siquiera por un instante, y asomarse al jardín que yace suspendido en la eternidad, aquí.

Escribiendo en Disneylandia, Phillip K. Dick anticipó la realización al final de los tiempos:

Tal vez el tiempo no solo se está acelerando; tal vez, además, está por terminar.

Y si lo hace, los juegos de Disneylandia no serán nunca igual. Porque cuando el tiempo finalice, las aves y los hipopótamos y los leones y los venados de Disneylandia no serán más simulaciones, y, por primera vez, un ave real cantará.

 Por: Alejandro de Pourtale
 fuente/Pijamasurf
 

¿Se puede distorsionar la realidad?. Divertida Ilusón óptica que genera tal efecto. Impresionante efecto 2º vídeo.



Aumentando la realidad al máximo:


Dramático encuentro entre avión militar y 3 OVNIS el 3 de mayo de 1975.

1975 ufo

Filman OVNI sobre Italia.


ALERTAS. La droga "Zombie" llega a Mallorca. Nueve casos de “droga caníbal” en un solo día causan pavor en las playas.

 


Diez policías se necesitaron para reducir un joven inglés que, como rabioso, no paraba de morder a la gente en la playa de Magaluf. Hasta 9 casos similares atendió la Policía de Calviá en una jornada sola.

El último joven detenido, un inglés de 28 años, estaba completamente fuera de sí, por el consumo de sustancias entre las que se encontraba la “droga caníbal”. Los guardavidas en la playa fueron alertados por los bañistas de la conducta del sujeto, que obligaba a la gente a correr para no ser mordidos. La policía y un servicio de ambulancias debieron atrapar y luego sedar al individuo para su traslado a un hospital.

Los casos se suman a la ola de denuncias en Ibiza, por los brotes de “violencia extrema” que pacientes atendidos por consumo de estupefacientes manifestaron, según explicaron fuentes de la Unidad Antidroga de Islas Baleares.

La “droga caníbal” recibió el nombre tras que un hombre devorara las tres partes de la cara de un mendigo, en Miami en 2012, después de haberse administrado el estupefaciente sintético. La “metiendioxipirovalerona” (MDPV), popularmente conocida como “sales de baño” –porque así llegó a venderse legalmente en España- tiene efectos tan potentes que cinco miligramos pueden alterar la conducta una semana después de aspirada. Los consumidores suelen experimentar cuadros paranoicos en que todo quien les rodea quiere atacarle además de una rabia homicida que lo lleva a no tener conciencia del cuerpo propio y su manejo. Tampoco sienten dolor, ni siquiera en caso que les rompan un hueso.
Las más famosas playas mediterráneas al borde del pánico

Los casos que se registran en Mallorca y en Ibiza han comenzado a repercutir en la vida turística de la temporada “alta” 2014, principalmente en bares y restoranes de las zonas donde fueron detenidos los sujetos sin control. Más allá del habitual “desmadre” que puede ocurrir en algunas playas populares de España, también existe un turismo de alto nivel que gusta de disfrutar la vida social que brindan las Islas Baleares y han dejado de la noche a la mañana importantes huecos en una época que todo debería estar colmado.

Hay duro hostigamiento de los empresarios turísticos que temen por el futuro de la temporada que el año pasado alcanzó, solamente para Mallorca, los 42 millones de noches pernoctadas según datos del Instituto Nacional de Estadística. (http://www.lr21.com.uy)





Otros casos ya acontecidos de consecuencias de esta tembible droga:







2017-2052. La Profecía está escrita. ¿Se cumplirá o no?


Michel de Nostradamus : Médico, astrólogo y adivino francés, nacido en Saint-Rémy de Provence y muerto en Salon. Su nombre verdadero era Michel de Notredame, y nació en el seno de una familia de judíos convertidos al cristianismo en la que había habido varios médicos de gran celebridad. Tras aprender los rudimentos de la ciencia médica con uno de sus abuelos, estudió en Aviñón y en la Escuela de Medicina de Montpellier. La peste de 1525-1529 le obligó a salir de aquella ciudad y a ejercer como médico, aunque no había obtenido todavía de forma oficial su título, en Narbona, Toulouse y Burdeos. Cuando Montpellier quedó liberada de la epidemia de peste, regresó a esta ciudad, donde por fin obtuvo el título de doctor, y a continuación se estableció en Agen.

En esta otra ciudad se casó y tuvo dos hijos, pero muy pronto fallecieron ambos, al igual que su mujer, lo cual le llevó a emprender un largo viaje de más de diez años en que procuró olvidar sus desdichas familiares y profundizar en sus conocimientos médicos y astrológicos.

En el año 1544 volvió a casarse con una bella heredera de Salon, ciudad en la que fijó su residencia. Su nuevo casamiento le procuró un período de paz y de comodidad muy fructíferos, además de varios hijos que nacieron con el paso del tiempo. Cuando al año siguiente volvió a estallar la peste, sus servicios fueron requeridos en diversas ciudades francesas. En Lyon fue donde cosechó sus mayores éxitos y donde mayor fama ganó, aunque diversas rivalidades y pleitos con varios colegas celosos de su fama le obligaron a volver a Salon, donde se dedicó a escribir diversas obras médicas. En su refugio, profundizó todavía más en bibliografías astrológicas y adivinatorias, y comenzó a redactar él mismo sus célebres Prophéties ("Profecías"), cuya primera edición, que incluía siete "centurias", vio la luz en el año 1555.

Las Prophéties son una obra escrita en verso, en un estilo oscuro y artificioso, y con contenidos enigmáticos que intentaban adivinar el futuro de Francia y del mundo hasta el año 3797, en que se produciría supuestamente el Apocalipsis. Una de sus más célebres predicciones se refiere a la destrucción de Occidente que causarían los pueblos mongólicos del Oriente en el año 1999. Según explica el propio adivino en la primera centuria, su técnica adivinatoria se basaba en sentarse delante de un trípode frente al cual había un recipiente de cristal con agua, hasta que llegase, en forma de llama luminosa, la inspiración profética. Pese a su escasa inteligibilidad, su obra alcanzó una popularidad instantánea que llegó hasta la corte, lo que explica que Catalina de Médicis invitase en seguida al astrólogo a París y allí le cubriese de honores y distinciones. Extraordinaria impresión causó el hecho de que hubiese profetizado la muerte de Enrique II a causa de las heridas recibidas en un torneo. Ello le convirtió en uno de los hombres más apreciados y solicitados de la corte.

En 1558 publicó una nueva edición de su obra, con tres centurias añadidas, que no hicieron sino acrecentar su fama. En el año 1564 le visitaron en su casa de Salon Carlos Manuel de Saboya, la princesa Margarita y el mismo Carlos IX, que le nombró su médico personal. Pero las envidias y celos de muchos colegas lograron, sin embargo, que sobre su persona y su obra gravitasen siempre dudas y existiese una polémica permanente. Durante su vida, nunca faltaron las voces que le denunciaron como impostor y defraudador profesional. Esas críticas aumentaron, lógicamente, tras su muerte, y un siglo después de ella, personajes como Pierre Gassendi demostraron que algunos de sus horóscopos contenían errores muy importantes. A pesar de ello, sus Prophéties siguieron siendo una obra de inmensa popularidad, que se ha estado reeditando, analizando y estudiando desde entonces hasta hoy, y que ha sido traducido a numerosísimas lenguas.

A Michel de Nostradamus se le atribuyen otras obras, aparte de sus célebres Prophéties: el Traité des fardements ("Tratado de maquillajes") (Lyon, 1552), Le remède très utile contre la peste et toutes fièvres pestilentielles ("Remedio muy útil contra la peste y contra todas las fiebres pestilenciales") (París, 1561), y el Traité des singulières recettes pour entretenir la santé du corps ("Tratado de recetas singulares para mantener la salud del cuerpo") (Lyon, 1572).

Michel de Nostradamus fue padre de otro astrólogo del mismo nombre, llamado "El Joven", que publicó, todavía en vida de su progenitor, un Traité d´astrologie ("Tratado de astrología") (París, 1563), y profetizó que el pueblo de Pouzin sería devorado por las llamas. Fue sorprendido cuando él mismo se encargaba de prenderle fuego para ver cumplida su profecía, y ejecutado de manera inmediata en 1574. Otro de sus hijos fue el pintor Cesar (1555-1629), gentilhombre de cámara de Luis XIII y autor de un retrato de su padre que se conserva en Aviñon.

Clica aquí en el link para leer las profecías cárticas.